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Adiós, desconocidos

De nuevo Dean, el que a menudo me pone frenético, ha vuelto a hacerme enfadar con sus malditas preguntas. Esta vez he sido yo quien le ha llamado y él ha descolgado el teléfono. Hemos hablado, largo y tendido hasta que el café se me ha quedado helado. Cigarro tras cigarro y punto por punto hemos ido desgranando las razones de la decisión que al final he tomado. Como me había empeñado en ello, hemos diseñado una despedida que me pudiera dejar satisfecho y que pasa por pensar muy poco y sentir mucho, es decir, por escuchar una vez más al corazón. Sin demasiadas explicaciones me ha dicho que me deje de tonterías y me ponga a trabajar, pero la perspectiva de volver a encerrarme me aterroriza un poco.

Mientras me hablaba con ese aplomo típico de él, mi mente planeaba por encima de los recuerdos de estos años de vagabundeo por el país. Me ha obligado a llegar a la conclusión de que ya tengo lo que buscaba y de que, desde hace algún tiempo, he perdido el norte. Entonces lo he comprendido todo de golpe, y me he quedado incómodo: ésa era la razón por la cual no nos vemos después de terminado el viaje de la última primavera, él se siente traicionado y yo abandonado, avergonzado y arrepentido. Acepta que tengo una excusa para haber hecho aquel viaje, pero no para todo lo demás y que, con todo, me perdona.

Yo no he sabido qué decir y he preferido callar antes de meter la pata. Sé que las traiciones no merecen perdón, pero no me puedo permitir el lujo de perder a la única persona que nunca ha dejado de creer en mí y en lo que hago. Que no hacía falta que le diese las gracias, dijo, aunque yo sentía que debía hacerlo.

Él no tiene perfil en ninguna red social, ni falta que le hace tener que entretener a un grupo de yonquis de la tecnología. Su red social es real y, después de haber sido yo quien le ha llamado, leal; una red social basada en la piel, no en asépticos corazoncitos ni pulgares hacia arriba cuando se caga en el sistema o lo pone a caldo o todo lo contrario. Él busca seres humanos sin contribuir a estadísticas. Y con eso lo ha dicho todo.

Me fascina la forma que tiene este tío de escapar de la estupidez, su pureza de pensamiento y la claridad de sus ideas, aunque crea que está equivocado; me encanta la poca necesidad que tiene de contarle a todo quisqui lo que pasa en su cada día y me explica que a nadie le importa una mierda lo que hace el prójimo salvo por la necesidad de rellenar huecos en sus vidas incompletas que buscan qué imitar.

Yo quiero ser como Dean, quiero que me contagie su sinceridad y pragmatismo.

De eso hemos estado hablando.

El primer paso, dice, es dejar de alimentar el monstruo que me está provocando un estrés enfermizo, y sólo por esa razón he decidido que dejo de ser tan social. Espero, de aquí a poco, no perder un solo minuto más de sueño por eso.

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Publicado en Notas

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