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Mejor amigo de hoy

«Formas parte de mi viaje» es, quizá, la frase más importante que puede decirte quien se detuvo para hablar contigo un día, con quien compartiste cena o, quizá, campamento, ése con quien te cruzaste y en sólo unas horas hizo temblar tu brújula.

La dureza del viaje es sobrevivirlo, y esa lucha comienza el día en que hay que volver a transitar los caminos que creías haber dejado atrás, entonces empieza la partida de nuevo, aunque esta vez con el peligro de la exclusión social pendiendo sobre tu cabeza. Esa es la Realidad, con mayúscula, que conocemos quienes leímos al tuareg Ag Assarid: «el nómada siempre vuelve a la tierra que le vio nacer». Si ésa es la Realidad, siempre se vuelve. ¿Podemos decir, entonces, que se ha vivido en una mentira? No, el viaje no es una mentira, existe, y bien hecho es un viaje interior en el que puedes llegar a conocer demasiado tu yo interior, en el que aprendes a dialogar contigo mismo y a realtivizar la importancia de las cosas. El viaje te mete en la película de tu propia vida, en la que vas decidiendo qué ramal del camino prefieres y en el que puedes acabar perdido.

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Monje templario en Cacabelos.
León, primavera 2018

Una vez alguien me preguntó que, además de para desconectar de la gente, para qué viajaba. Yo le respondí que viajaba, precisamente, para todo lo contrario, para conectar con la gente y conmigo, y le aseguré que en un solo día de viaje podía conocer a más gente que en una semana viviendo en una ciudad. Es verdad, y la conexión con la gente siempre arroja resultados maravillosos. Pero —y precisamente por eso las conexiones son tan buenas— son demasiado breves.

Verano de 2018. En una gasolinera, aparcadas en la puerta de la única tienda del más recóndito de los pueblos de la sierra, las tres bicicletas que vi descender algunas curvas por debajo de mi posición descansan ahora apoyadas en una pared. Imaginaba que sus dueños se detendrían aquí para desayunar, porque el siguiente pueblo está a más de treinta kilómetros.

Parecen bastante bien equipados. Me acerco a sus raquíticas bicicletas, esqueletos rodantes con los huesos de carbono huecos que parecen jadear después de tanto esfuerzo. Miro los manillares, su perfil aerodinámico y las ruedas finísimas, que comparo con las de la rata. Aparecen de repente por la puerta los dueños, tres holandeses de mediana edad que me preguntan y sonríen continuamente. Me han visto llegar y quieren hacerse una foto conmigo o, más bien, con mi bici. Me lo preguntan. Sí, sí, lo que queráis… Pulgar arriba, pero estoy roto, mejor pulgar hacia abajo hasta que beba algo y me refresque.

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Desayunando en Alcáçovas, Portugal
Primavera 2019
copia en color, 26x35cm

El más alto gesticula mientras comenta a otro algo acerca de mi bicicleta, pero yo no le hago mucho caso. Después me preguntó qué tal a la hora de subir los puertos siempre sentado y que, sin tienda de campaña, cómo lo hacía para dormir por las noches. Yo contesté que sufrir no es tan dífícil si consigues encontrar un buen sitio y a tiempo para pasar la noche, y añadí que con tanto campo, mientras no lloviese, todo iba right.

Necesito una ducha y ellos la tienen casi cada noche. Es la diferencia entre viajar con un presupuesto ajustado o hacerlo más holgado.

Otoño de 2018. La parejita tiene una taza de café con leche en las manos. Les indico que me echen un ojo a la bici mientras pido yo uno y me reúno con ellos en la terraza. Amablemente dicen que sí, y entro sin quitarme el casco en aquel lugar tan curioso que resulta casi indescriptible. Antes de salir, me entretengo un rato hablando con el camarero, que me cuenta que llevan allí toda la tarde, tomando el sol.

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Pueblo del Moncayo
Verano, 2017
copia en color, 26x35cm

Por la tarde, el cielo se cubre, hace un bochorno insoportable y yo apuesto por una tormenta descomunal. Miraron todos hacia arriba y después continuamos charlando sobre la ruta que llevaban ellos. Van en sentido contrario al mio, hacia el norte. Yo vengo por la costa, les digo, y ellos me preguntan por el temporal. A ellos, dice la chica, les pilló en plena sierra, y me cuenta que les costó encontrar un lugar donde acampar debido a lo abrupto del terreno. Yo les digo en nítido español: «Jodido». Reímos. Ellos se quedan aquí esta noche, no se ven como para subir el puerto que les espera al salir, y yo me he quedado ya frío, sólo me apetece otro café. Con el tope de gasto diario controlado pido un café que el dueño del lugar dice que ya saca él afuera, y me invita a que salga y continúe charlando. Mientras, ellos parece que ya lo han decidido, tienen el campamento medio montado en la terraza, las zapatillas apoyadas en la pared, ropa tendida sobre las bicis, una toalla estirada en el respaldo de una silla y las alforjas abiertas, varios paquetes abiertos… los cascos, las gafas y mil apechusques más extendidos sobre la mesa…

Las marcas de sol de los ciclistas son horribles y nunca desaparecen.

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En un pueblo del Campo de Gómara, Soria
Verano de 2017
copia en color, 20x27cm

Primavera 2019. Parece un lugar tranquilo. La chica que hace algo parecido al yoga asegura que lo es, así que la decisión está tomada y busco el mejor lugar para acampar con la última luz del día, me alejo para que mi sueño no interfiera en los vuelos de los mosquitos alrededor de las dos farolas que, como un monumento a la soledad, se habían encendido hacía cinco minutos. Montamos los vivacs precavidos acerca de una posible tormenta. Esa noche extendí el toldo cubriendo la bicicleta y a mí. A ellos les gustó la idea y gesticularon una vez más, ésta como si tomasen nota del dato.

Esa noche compartimos pasta con queso, galletas, café, un poco de queso que me quedaba a mí y un par de latas de sardinas, y todo nos supo a gloria. Ellas tenían una botella de vino y yo decliné la invitación con un thank you susurrado y deliberadamente entonado para no dar oportunidad alguna a tener que arrepentirme. Continuamos un par de horas más contándonos el pasado, maldiciendo el trabajo y algunas otras cosas mientras nos enfundábamos los sacos de dormir. Yo dormí a cambio de que no lloviese, y el cielo cumplió su parte.

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En algún pueblo de Sevilla
Primavera 2018
copia en color, 30x40cm

Nos conocimos mientras buscábamos el albergue de peregrinos, nos presentamos en el siguiente semáforo y hablamos poco más hasta llegar a las afueras, donde estaba éste. Después de registrarnos él tenía que comprar algo de comida y yo una abrazadera para sujetar el sillín de mi bicicleta, que me había cargado aplicándole demasiada fuerza al apretarla la última vez. Uno de los dos propuso comer en un restaurante chino que había visto al llegar al pueblo. A mí no me gusta la comida de los restaurantes chinos, pero sí la idea y acepté de muy buena gana, así que nos encaminamos hacia allí charlando tranquilamente, él mirándome a mí mientras me explicaba y yo mirando al suelo mientras caminaba.

Comimos, compré la pieza, compró él su comida y volvimos al albergue dispuestos a no hacer nada. El ambiente había mejorado desde que nos registramos, había mucha más gente, casi ninguno oriental, un grupo de ingleses con lata de cerveza y unas inglesas con el mismo talante que ellos. Todos gritaban mucho y un par de veces tuvo que salir la hospitalera a llamarles la atención para que bajasen la voz. Había también una chica preciosa que se paseaba por todo el patio para que la mirasen. Como la mayoría, no hice ni caso, me senté al lado de Albert, que estaba recostado en el suelo con las pernas apoyadas en la pared y le comenté que un tipo francés me había prometido un porro en cuanto viniese su amigo. Albert se unió al plan y los dos nos sumamos al corro escuchando las tonterías que aquel francés, borracho como una cuba, contaba como una ametralladora en un más que correcto español. Nos contó que su madre era española y él estudiaba en España. Después, sin apenas haber callado, continuó con alguno de los asuntos que habrían tratado anteriormente e interrumpido por la razón que fuera. Una mujer argentina, sentada a mi lado, se parte de risa cada vez que el francés cuenta alguna sobrada. A base de indirectas intenta el francés captar la atención de alguna de las presentes, pero parece que a ninguna le interesa alguien que habla tanto y sin pensar. La argentina me mira y me dice que el tío no da puntada sin hilo y yo asiento, pero sabemos los dos que así no se llega a ningún lado y que en poco tiempo dirá alguna inconveniencia que romperá el buen rollo del grupo. Albert está callado, de vez en cuando me comenta algo y yo asiento; nos pasamos el porro y éste continúa rulando.

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La de Albert y la mia en algún lugar entre Logroño y Estella.
Principio de verano de 2018
copia en color, 26x35cm

En frente de mí está sentada una chica con la piel un poco enrojecida, cara angelical y un pelo larguísmo, rubio y acaracolado. Tiene los ojos azules muy claros, la mirada limpia y luminosa y una sonrisa magnética. Es una de esas personas que yo definiría como un ángel de otro mundo que está de paso, al que todo le interesa y, a la vez, nada. Educada, amable, servicial, lo tiene todo, incluso una voz preciosa. Era italiana y al día siguiente me enteré de que se llamaba Sabrina, que viajaba sola desde el centro de Italia en una bicicleta del Decathlon cargada hasta los topes de cosas que llevaba colgando por todos lados. Había cruzado los Alpes sin equipación alguna y se partía de risa mientras nos lo contaba porque se daba cuenta de que era absurdo, peso muerto. Le propuse que se deshiciese de todo, que ya había visto lo que necesitaba y, me aseguró ella, de todo eso, nada.

Mientras Albert guardaba su comida en una de las alforjas delanteras y yo cambiaba la pieza de mi bicicleta, ella nos estaba mirando curiosa, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cara apoyada en las manos, como una niña pequeña que se entretiene mirando las cosas que hacen los adultos. Si parábamos y la mirábamos, inmediatamente sonreía y se encogía de hombros con un gesto que pondría el corazón de cualquiera del revés. Antes de cenar, fue ella quien nos alegró el momento deshaciendo su equipaje como si fuera una presentación pública. Era increíble la soltura con la que se expresaba y más increíble aún el equipaje que llevaba: entre mil cosas inútiles llevaba una sartén, una caja de herramientas con herramientas que no sabía para qué servían ni utilizaría nadie en ningún momento, una botella de cristal grueso y, en el manillar, un molinillo de colores que, contó, su mejor amiga le había regalado antes de salir de viaje. Creo que fue el único momento de todo el viaje en el que reí con ganas de verdad. Era una chica encantadora, pero no como para enamorarme de ella; así que, cuando me dí cuenta de que Albert estaba cayendo en la tentación, procuré dejarles su espacio.

Cenamos compartiendo lo que los tres teníamos y charlamos un buen rato, tomamos un té al terminar que calenté yo. No sé ni cómo pudimos entendernos, porque ella no sabía español ni inglés, y nosotros no teníamos ni idea de italiano. Pero nos entendimos, algo deberíamos tener en común que nos conectó.

Del grupo anterior no quedaba nada, el francés, demasiado borracho, ya había metido la pata y se iba de copas por el pueblo, la argentina se había ido a dormir hacía tiempo y los demás estaban cada uno por su lado y cada cual más borracho. Desde el suelo, los tres nos miramos como diciendo «se veía venir», y es que el Camino está lleno de imbéciles que se dedican a reventar los buenos momentos, generalmente, añadiéndoles alcohol. Así que quedábamos los tres por acostarnos, y eso hicimos. Compartíamos habitación ocupando tres de las seis literas que había e hicimos del lugar nuestro hogar, vamos que nos adueñamos de todo el espacio sin la preocupación de dejar recogidas nuestras cosas para tardar menos tiempo a la mañana siguiente.

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En Lamego, Portugal
Verano, 2019
copia en color, 26x35cm

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Delicias, Zaragoza
Febrero de 2019

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Descansando en Alcuéscar, Cáceres
16 de mayo de 2018

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Publicado en Notas

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