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Notas para un diario (1)

Llevo algo menos de dos meses de viaje, desde el 14 de marzo que salí nada ha cambiado. Yo sigo haciéndome las mismas preguntas y encontrando las mismas respuestas. Vivo en un estado de incertidumbre continuo ajeno al desarrollo del viaje que me impide disfrutar de éste y me roba el sueño para que no pueda descansar. Cada día, cada mañana cuando despierto, cada noche cuando me acuesto, en cada kilómetro que recorro, cuando como, cuando bebo un sorbo de agua recalentada de la botella, en todos y cada uno de los minutos de la jornada me pregunto para qué estoy haciendo esto, si quiero seguir adelante con ello, si merece la pena continuar. Pero algo debe haber por ahí oculto, no sé qué, que me obliga a subirme de nuevo a mi bicicleta un día más.

De cara al resto de la humanidad, probablemente soy un insensato, en mi situación muchos volverían a casa y, quizá, el sentido común dicta que yo debería hacerlo, pero el punto de no retorno quedó atrás hace mucho tiempo y no me queda otro remedio que continuar con la vista fijada en cada atardecer.

Dicen algunos que La Pregunta deja de aparecer con el paso de los kilómetros, pero es mentira, después de doce años yo me la sigo encontrando detrás de cada señal de tráfico, en cada gasolinera donde descanso, machacándome a mi lado cuando me acuesto y veo en el cielo, escrita sobre las estrellas como una cuenta atrás, con su ritmo inexorable marcando los latidos de la vida y acelerando los de mi corazón hasta sacármelo por la boca. Y, después, ¿qué voy a hacer, de qué voy a vivir?

Inicio accidentado

Decidí acercarme hasta el punto de salida del viaje en la bicicleta, más de 250 kilómetros en cuatro etapas, todas ellas con el viento en contra y la fuerza que da el saber que iba a reunirme con otros aficionados a las bicicletas customizadas. Pensé que era una buena oportunidad para dar comienzo a mi periplo y resultó ser absolutamente prescindible excepto para darme a conocer y conseguir algún seguidor más para las redes sociales en las que mi viaje iba a tener presencia. En realidad, lo que no quería era iniciar la ruta en Huesca. A nivel anímico prefería cualquier lugar con el que no me uniese ningún lado emocional negativo, así que Logroño era mejor lugar.

El 17 de marzo, después de despedirme de todos, inicié mi pedaleo con la idea de no volver hasta cuatro meses después, recorrí en sentido contrario los mismos kilómetros con viento favorable en alguna etapa y el cielo amenazando con descargar cada día.

Escapé de todas las tormentas y llegué a Huesca de nuevo a tiempo para realizarme una prueba médica imprescindible para el nuevo tratamiento al que me voy a someter este verano, cuando todo haya terminado. Dos días de observación para comprobar que mi cuerpo no reaccionaba de manera negativa y vuelta a la carretera.

Cien kilómetros después, sólo una etapa, tuve que regresar con el eje trasero averiado, esperar la pieza nueva, volver a montar la rueda trasera y quitar de mi cabeza la idea de que una señal me estaba indicando que ese viaje no debía llevarse a cabo. No es aconsejable embarcarse en un proyecto largo con ideas negativas en la cabeza y, aún así, lo hice.

Una ruta hacia la desconfianza

El objetivo era llegar a Lérida en una sola etapa, pero partí tarde y se me echó la noche encima. Un contacto me permitió pasar una noche alojado en su casa para facilitarme las cosas, un alma caritativa que me ofrece una ducha caliente y un lugar seco donde dormir que no va a aparecer muchas veces más a lo largo del viaje.

La ruta hasta Lérida fue una promesa que nunca cumplí porque la persona a quien se lo propuse decidió apartarse de mi ruta, como si ésta hubiese terminado después de un viaje anterior. Desapareció, sí, para que yo me reafirmase en mi idea de estar viviendo en una sociedad con síndrome de déficit de atención, un grupo humano que se alimenta del picoteo y se distrae con una facilidad pasmosa. En resumen, ahí quedó aquella idea de una visita fugaz a un lugar que ahora podía comprobar que no estaba tan lejos.

Pasé Lérida, continué hasta Tarragona y alcancé la costa en mucho menos tiempo del que suponía. En cuatro o cinco días, tomaba una fotografía de la bicicleta en la playa de Salou, con el deseo de no ser visto por nadie conocido y las ganas de dejarlo atrás. Nada que hacer por allí, así que continué mi camino rodando a un ritmo contenido hacia el sur. Contenido porque el plan era llegar a Benidorm en un mes y, tal y como iba, podía hacerlo en una semana, sobrándome otra. Fue un error de cálculo que supuso una cierta pérdida de forma física que no me preocupó tanto como la perdida de confianza en quienes un mes antes habían propuesto una especie de fidelidad que nunca debí creer y que tampoco supuso más que el sofocón del primer día. Pero el hecho es que aquel temporal que podía haber disfrutado entre amigos lo pasé alojado en el urinario de un restaurante de carretera esperando una respuesta que nunca llegó. Motivos para desconfiar suficientes que justifican mi mutis por el foro de la siguiente, y probablemente última, concentración de bicicletas a la que asista. No os creo, no me los creo, adiós, hasta nunca.

Como «castigo» alguno desapareció como seguidor de mi red social y yo, fíjate, encantado, me reí por primera vez en todo el viaje. Se fue «a mamarla» el Bizco y, seguramente, alguno más. Tanta paz lleven como tranquilidad dejan y que les jodan.

Sólo pienso en ti

Desde que salí de casa hace casi cinco años, sí, pero especialmente desde los dos días de descanso en aquel pueblo de la costa de Almería del que no guardo un solo mal recuerdo.

Son esos días, los de descanso, los que van creando los sedimentos del viaje que emergen por su propio peso. Las experiencias más redundantes se expresan por sí solas con palabras en mi mente y el tiempo de ocio me obliga a escribirlas en mi bitácora para rellenar los enormes huecos de calor sofocante de la primera hora de la tarde, sentado a la sombra, escuchando el arrullo de una paloma posada en las ramas umbrías de un árbol. Algunos turistas pasan por delante de mí cargados con sus pertrechos playeros, toallas de colores, sombrillas y juguetes de niño. Tras ellos aparecemos nosotros a la vuelta de una esquina dirigiéndonos hacia la plaza, que es una parrilla de mármol donde se alinean sombrillas blancas como refugio. Horas previas a la comida con sabor a cerveza fría. Nos veo charlando, tomando algo, pasando el tiempo sin reparar en que nunca se repetirá, sin importarnos el pasado ni el futuro.

La hora de la siesta. Empapado de sudor, no he encontrado donde acostar mi baqueteado cuerpo. En la playa no, claro, y en las calles tampoco. Sólo queda sentarse en algún recoveco del callejón blanco y azul.

Dábamos vueltas sobre las sábanas estiradas, con los ojos cerrados aunque no dormidos, intentándolo, la contraventana veneciana cerrada, penumbra y el sonido de la televisión en el piso de abajo. La conversación en la terraza del tendido de sombra y mi bicicleta apoyada en la pared encalada. ¿Te apetece un café con hielo?

Vamos.

Las horas de descanso son mi momento productivo durante el viaje gracias al editor de texto que instalé en mi smartphone. Los dedos recorren el teclado dibujado en la pantalla, deslizándose por su superficie convierten pensamientos en palabras, sentimientos en verdades. Entonces mi yo supura nostalgia, traigo a la vida sonidos y olores antiguos, desentierro el calendario y releo páginas olvidadas, subrayo con lágrimas las palabras que llevo tatuadas en el alma para que no se me olviden nunca y me entrego a mi esencia, que es crear mundos para después echarlos de menos.

Leo y releo. Si me gusta, lo retoco; si no, «eliminar». Vuelta a empezar o dejarme atrapar por la pereza, que me dirijo a ahogar en otro té helado a la orilla del mar.

La camarera que me atiende me mira con lo que yo entiendo como cierta compasión. Me da por pensar que le gustaría sentarse a mi lado y preguntarme, pero es sólo porque hoy, aquí, me siento más solo que nunca.

Doy vueltas al té sin mirarlo, sin fijarme en el punto donde tengo clavada la mirada, el roquedo del lado izquierdo de la playa, donde un día, hace muchos años, grabé la salida de la luna antes de que fuéramos a comprar unas pizzas para cenar todos en la azotea en la que es noche dormimos bajo las estrellas. El lado derecho, el que pintó Guillermo con sombras violetas mientras me lo preguntaba para asegurarse, nunca lo quise fotografiar, es como si la imagen te perteneciese a ti. Pero hoy estás aquí dentro y tus deseos me pertenecen.

Hoy el escenario es cosa mia, yo dirijo la orquesta y tú sólo eres un personaje más. La protagonista, cierto, pero un personaje que no existes sino en mi creatividad. He jurado no volver, para no hacerme daño; he dejado tendido todo el amor que me queda en una de las ramas de la plaza para que te caiga encima cuando te sientes allí el próximo verano, para que lo veas si eres capaz y sin que nadie lo sepa. Yo no volveré a recogerlo porque, aunque lo recuerdo, ya no lo quiero.

Abandoné aquel pueblo con la herida abierta, sangrando, dejando un reguero por una carretera, con los ojos húmedos y el corazón lleno de pena. Ni siquiera miré atrás hasta haber pasado muchos kilómetros. Cuando estaba seguro de que ya no podría ver el blanco de las casas, ni la playa, ni nada, me detuve, aparqué la bicicleta a un lado y tomé una fotografía.

Hasta siempre, Agua Amarga, hasta siempre, hasta siempre…

El desierto

Después todo quedó vacío, pasaron los kilómetros uno detrás de otro. No los conté siquiera. Pasé un pueblo, y otro. Me adelantaron varios ciclistas y no me importó, me paré a descansar varias veces, volví a reiniciar la marcha y el viento me puso su mano en la espalda, empujó para ayudarme. Yo sentí la bicicleta como si hubiese aligerado su carga. Empecé a descender buscando nuevamente la playa, dibujando cada curva de la carretera en un mapa imaginario que me esforcé en llenar de energía positiva con más buenas fotografías.

Aparecieron los primeros invernaderos, las curvas redondeadas de las montañas sustituyeron la línea abrupta de Los Filabres, conocí a un ciclista y quedé con él en hacerle una visita al día siguiente, llegué al pueblo en el que viví 381 días y no fui capaz de reconocer ni una de sus esquinas, reparé allí, en un taller, el faro delantero de la bicicleta y me alejé para buscar donde dormir esa noche.

A la mañana siguiente despertaba mirando al cielo, no desayuné, me bañé en pelotas en una playa vacía y deseé que la corriente me llevara muy lejos. Quise desaparecer de lo insignificante que me sentí pero, obviando el dolor de la enfermedad a la que represento en este viaje y que también padezco, volví a la carretera.

Cambio de olor, cambio de perfil

El 3 de mayo, con viento de poniente, o sea, de frente, cruzo la invisible línea que separa Almería de Granada. La luz cambia, esa maravillosa luz de Almería que tanto me atrapó hace veinticinco años, se diluye en un día neblinoso. Ahora busco otro olor y, para eso, escarbo en las cunetas de las carreteras granadinas, pero no consigo distinguir otro diferente al de mi sudor trepando hacia el túnel de La Rijana. Bajo, subo, vuelvo a bajar, las piernas quieren explotar en cada descanso que me tomo en el arcén de esta vía sin alternativas. Castell de Ferro, Almuñécar… La sierra, el mar y el tráfico casi me derrotan. Duermo como un niño chico esa noche, importándome nada ser descubierto. Me entrego al descanso sin importarme si esta noche el mundo se termina, ronco como si la paz anidase en mi interior.

Ayer gasté veinte euros de forma absurda en una cena innecesaria. Habría sido mejor cenar de lo que llevo en el equipaje o permitir que hubiera pagado mi anfitrión. En definitiva, fue él quien lo propuso, quien tiene un trabajo remunerado y el que no paga un solo céntimo por su vivienda. Pero, imbécil de mí, insistí en colaborar para saldar la cuenta en aquel restaurante. Ahora tengo veinte euros menos y una necesidad más: ahorrar dinero durante, al menos, las próximas cuatro jornadas para volver a la normalidad, si es que es eso lo que busco, que ya ni lo sé.

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