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Notas para un diario (2)

El viaje tiene el poder de evocar el pasado, para bien y para mal. Parar o pasar por un lugar ya conocido va a traer al primer plano las sensaciones que conservamos de él. Un veraneo, la infancia, un amor estival, aquella fiesta en la que tanto disfrutamos, un accidente en una excursión que realizamos, todo vuelve a aparecer e, inexorablemente, va a provocar en nosotros, al menos, un momento de nostalgia. Todos tenemos, en mayor o menor medida, un interior melancólico al que le gusta regresar a ciertos lugares. En caso contrario, un rechazo irracional hacia un lugar invita a evitarlo. Con esos recuerdos nos predisponemos para el disfrute de un lugar o, en el otro caso, podemos cerrar las puertas a la posibilidad de cambiar la percepción que tenemos de un pueblo, una ciudad o una playa, la gente, la gastronomía o el sinfín de información que acumulamos en nuestras experiencias. ¿Por qué hay que modificar las sensaciones que guardamos de un lugar como si nuestra experiencia acerca de él partiese de cero?¿Hacemos lo mismo con las sensaciones que nos produce nuestro trabajo diario, nuestro jefe, nuestros compañeros o nuestra rutina?

No nos engañemos, el trabajo que supondría eso cada día de nuestra vida sería agotador y, además, sería demasiado sencillo descubrirnos en un engaño o, peor, en la autocomplacencia. Las experiencias se graban a fuego en nuestra mente, por mucho que lo intentemos olvidar, están ahí. Por otro lado, pensar que todo lugar ha de proporcionarnos una experiencia necesariamente agradable es pecar de inocencia. Si un lugar nos produce una mala vibración, siempre existe detrás una mala experiencia en él que permanece durante toda la vida.

Eran pasadas las ocho de la tarde cuando pisé de nuevo aquella playa. La arena, mejor dicho, los guijarros del suelo se mezclaban con cientos de conchas, restos vegetales arrancados de alguna lejana orilla, restos de basura de todos los colores y un olor a agua estancada que provenía de una lengua que, a modo de ría, penetraba hacia el interior serpenteando entre los ribazos. Cruzando por encima, un puente de madera de diseño moderno, del estilo de los ejercicios de arquitectura en que los alumnos se esfuerzan por demostrar una creatividad fatal enfocada. El puente estaba cerrado por ambos lados, haciéndolo impracticable y, por tanto, inútil; un simple e innecesario adorno.

Me acerqué hasta el mismo borde donde las olas perdían ya toda su fuerza deslizándose lentamente antes de volver hacia atrás para someterse, una vez más, a la disciplina del eterno vaivén del mar. Una mojó la punta de mis zapatos e, instintivamente, di medio paso atrás. Miré el horizonte. Al oeste, la mole del Peñón, en el centro, el perfil serrado de Marruecos se difuminaba con la neblina blanca del atardecer y, al este, la línea horizontal que separa mar y cielo rubricada con la mancha blanca de una urbanización jalonada de palmeras y bosque bajo. En el ambiente, ese calor pegajoso y salado que siempre da una sensación incómoda de suciedad. Yo lo estaba, hacía más de una semana que no encontraba dónde ducharme y, por eso, cuando la mujer se detuvo para darme las buenas tardes, no hice gesto alguno para acercarme a ella, sino todo lo contrario y con mucho disimulo.

— Yo veraneaba aquí hace más de cuarenta años. No lo recuerdo, claro, pero sí que me lo contaron mis padres muchas veces y alguna foto en álbumes viejos que miré antes de vender su casa.

La mujer me regaló una sonrisa mientras su hijo, quizá su nieto, jugaba con un perro pequeño. Yo me quedé callado, pero le respondí con agradecimiento.

— ¿Y va usted a quedarse muchos días por aquí?
— No, sólo unas horas. Mañana continúo mi viaje.

Y volví a sonreír antes de mirar de nuevo al horizonte.

— Entonces, bienvenido.

Noté que mi sonrisa era más melancólica que nunca. Me quedé en silencio mientras ellos se alejaban hasta que desaparecieron engullidos por la bruma del atardecer.

A mi izquierda, veo sentados sobre unas toallas a una familia. Padre, madre y un crío pequeño, consumen los últimos minutos de sol en la playa vacía. Ellos charlan mientras el niño juega sentado en el suelo con las conchas vacías que el mar ha arrastrado hasta la orilla. De vez en cuando los padres surgen al pequeño alguna frase del estilo «Ignacio, hay que ir acabando ya ¿eh?» o «ya nos vamos a ir, que hay que cenar y acostarse». El niño no quiere irse y continúa con su entretenimiento. «¡Pero cuántas conchas tienes ya!». Su padre se incorpora para acercarse al montoncito que ha ido acumulando delante de él, se agacha y le ayuda a lavarlas bajo la cálida mirada de la madre, que ya está recogiendo todas las cosas y metiéndolas en un capacho de mimbre.

Vuelvo la mirada hacia el sol y me quedo mirando el horizonte pensando en lo que le querría contar a ese crío, que hoy es el vivo retrato de la inocencia, el ser más indefenso y vulnerable del mundo y, al mismo tiempo, el más pleno.

Disfruta, criatura, libre y feliz, porque desconoces qué es el futuro, porque eso no te atormenta, porque no hay mañana para ti, porque hoy tu mundo de juegos está protegido por tus papás y no existe otra cosa. Aprovecha tu inocencia, llénala de risas, mánchate con el barro de la orilla, haz flanes con él, mira cómo el mar se los lleva y vuelve a hacer más. Come, duerme, canta, baila sin importar qué música esté sonando, corretea, escóndete, acaricia a un perro, juega con tus coches de juguete, mira los pájaros, las flores, míralo todo con esos ojos bien abiertos…

No quise contarle que en muy pocos años la vida le robaría todo eso, que, sin merecerlo, el día a día reventaría su universo de una patada llenándolo de obligaciones, que poco a poco perdería el control de su tiempo, que sus risas terminarían siendo enfermas, que sus problemas no sólo serían los que él mismo se inventara, que tendría que aprender a combatir, que pasaría hambre, que su pelito rubio cambiaría y las preocupaciones se convertirían en canas, que su insignificancia iría a más, incluso para sí mismo, que su disfrute se transformaría en hastío y que, cualquier día, dejaría de importarle todo en el mundo; que llegaría un día en que sus padres ya no lo podrían proteger, que lloraría por otras razones, que aprendería muchas cosas, y también lo que significa echar de menos, que la vida dejaría de ser tan sencilla y estaría dominada por una máquina idiota, que los minutos valdrían dinero mientras la vida, su propia vida, dejaría de tener valor alguno. Me habría gustado explicarle que un día tomaría una decisión importante, quizá la más importante de su existencia, que miraría a su alrededor y sentiría muy dentro el significado de su existencia y la necesidad de construirlo todo de nuevo, que despertaría y se sentirá mayor, más que sus padres ahora, que se vería sin fuerzas, que necesitaría crearse ilusiones, que le costaría amar después de haber amado mucho y muchas veces, que nunca tendría un hijo, que envejecería solo y que el fin de su vida sería preparase para abandonarla como llegó, solo, pero sin ser «el deseado».

Me eché a llorar, me sentí fatal, un hijoputa pensando todo aquello. Respiré después aliviado por no haber abierto la boca, por sólo haber sonreído mientras la imagen se desvanecía y sus papás me miraban como con cariño. Él, me pareció, levantaba la mano como despidiéndose, y ella, tuve la sensación, articulaba alguna palabra que no pude descifrar. Al despertar, me vi solo en toda aquella playa, rodeado por el sonido de las olas.

A oscuras ascendí la cuesta sobre la cual desplegué el campamento esa noche. No quise cenar, fumé un cigarro y me dormí con la imagen de aquel niño rubio como un angelito durmiendo en mi memoria.

Al amanecer volví a bajar a la playa. No había más que un anciano caminando junto a su perro, los dos igual de apesadumbrados. Recorrí algunos metros hacia un lado, hacia el otro, busqué, esperé, fumé, me senté en una piedra esperando sin saber bien qué.

Pronto empezó a hacer más calor y asumí la responsabilidad de reiniciar la marcha cuanto antes. Cargué el equipaje en mi bicicleta, lo aseguré bien, tomé un trago de agua y me ajusté el casco antes de empezar a empujar aquel mastodonte cuesta arriba.

A media cuesta me paré en seco y me erguí. Lentamente miré hacia atrás, hacia la playa. Allí estaba de nuevo el niño, de pie en la arena, con su cubo y su palita, con un sombrero y un bañador de color rojo. Sonreía. El padre le cogió en brazos, señaló hacia donde estaba yo y me pareció que le decía algo. El crío agitó su manita, parecía que estaba despidiéndose. Sus padres también decían adiós, los dos de pie mirando hacia donde estaba yo. Ahora sí entendí lo que ella me estaba diciendo, lo leía en sus labios a pesar de estar lejos, lo leía perfectamente.

Dejé caer la bici al suelo y, después, me dejé caer yo, roto, completamente roto. Lloré, lloré mucho, con todo mi dolor durante una eternidad de diez minutos, sentado en el suelo, muy lejos de mi casa, de mi ciudad y de mi tierra, pero más cerca que nunca de ellos. Noté un hueco inmenso, infinito, imposible de rellenar, me dolió más que nada en toda mi vida y entonces entendí que mi viaje, ese libro que voy escribiendo paso a paso, pedalada a pedalada, kilómetro a kilómetro, es la crónica en crudo de la ausencia, y que nunca, jamás mientras esté vivo, aprenderé a dejar de echar de menos.

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Publicado en Notas

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