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Notas para un diario (20)

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Aunque parezca corta, la travesía que cruza el Guadiana desde España hasta Portugal dura el tiempo justo para sugerirme el sabor de un viaje importante. Lo es para mí. En sólo diez minutos consigo abrazar mi desarraigo para sentirme otra vez de ningún lado y aceptar que soy un viajero que va y viene por la vida sin destino. Al otro lado del río me convierto en otra persona dispuesta para empezar un capítulo nuevo. Por eso, durante la travesía, me esfuerzo para apartar de mi memoria lo vivido en los pasados dos meses. Dejo tan sólo la pequeña colección de recuerdos hilvanados que me guiarán durante las próximas semanas, algunas imágenes, muy pocas personas y, seguramente, un sentimiento de apego a una carretera que ha protagonizado mi anhelo desde que partí hace dos meses.

El desembarco me ha sumergido por fin en el romanticismo del viaje, miro a mi bicicleta y el equipaje que carga —todo lo que tengo durante cuatro meses— me ensueño con la estela que el barco dibuja en el agua mientras se va acercando a la costa oeste del río y empiezo a sentir que estoy inmerso en ese viaje tan personal. Hacía mucho tiempo que no me invadía esta sensación tan placentera de realidad paralela. Responsabilizo de ello al empedrado, a las calles vacías, a sus colores y a este sol de principio de verano que luce en lo alto de un cielo completamente azul.

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Empujo la bicicleta por las primeras calles. Aún no quiero subirme a ella, prolongo esa entrada suave que lentamente va diluyendo las emociones de la ruta por España sin un portazo y me dirijo al primer café que encuentro. Repito la rutina de hace un año, cuando crucé la frontera y, lo primero, cambié de sabor.

¡Ya estoy en Portugal!

Veinticuatro horas con Mario.

Llevo pedaleando algo más de una hora, todavía mirando hacia ambos lados, como aprendiéndome todo lo que veo. Desde esta mañana no he echado al estómago más que el café de bienvenida y noto un hueco en el estómago. La soledad de las últimas semanas de viaje me lleva a detenerme, casi por instinto, en un restaurante de carretera en cuya entrada hay aparcada una bicicleta con alforjas. Intuyo que es el mejor sitio para comer y encontrar un tema de conversación. El simple hecho de una conversación es casi tan valioso como el bocadillo, me proporciona energía y ánimo. Por eso me detengo ahí, aparco mi bicicleta al lado de la otra y entro en la terraza rodeando las mesas buscando con disimulo alguien que pueda parecer el dueño de la otra bici. Alguien me saluda, yo vuelvo la cabeza y saludo amablemente. Después pido permiso para sentarme y compartir mesa. Aquel hombre me ofrece la silla que tiene frente a él.

Es un hombre maduro, amable y parece de ese tipo de personas en las que se lee a primera vista la experiencia del viaje por la tranquilidad con la que se toma las cosas.

Pido algo de comer mientras nos presentamos, también una botella de agua y, cuando termino, ya estamos inmersos en una conversación. Nos contamos diferentes episodios de nuestras vidas mientras fumamos un cigarro. Después pedimos un par de cafés y desperdiciamos el tiempo charlando sobre sentimientos y anhelos varios. Al final, cuando llegó el momento de emprender de nuevo el camino, me propone vernos de nuevo en Tavira, que está en la misma carretera, unos veinte kilómetros más alante. Él tenía una habitación reservada en una pensión allí y yo, que no tenía tanto presupuesto, iba a dormir en cualquier lugar cercano, pero sin entrar en la población. Él quiere invitarme a comer, dice que le gusta mi filosofía de vida y las decisiones que he tomado; asegura que le gusta escucharme y eso me hace sentir cómodo. Por eso acepto, y pactamos un lugar y una hora a la que vernos al día siguiente: en el ayuntamiento, estuviera donde estuviera, hacia el mediodía.

Mientras aseguro mi equipaje en la bicicleta, él se aleja lentamente por el arcén. Yo arranco y sigo sus huellas hasta encontrar el lugar en el que acampar esa noche.

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Encuentro mi lugar al lado de la vía del tren, como un hobo moderno, como uno de esos vagabundos que en la décaada de los 20 recorrían Estados Unidos saltando de tren en tren, de pueblo en pueblo por todo el país. Me tumbo en el suelo, sobre la hierba, simplemente observo el cielo y los pájaros sobrevolándome contra un fondo que marca el paso de los minutos cambiando de color. No hay cosa más importante que pueda hacer, sentir el paso del tiempo sin plantearme un futuro posible, escuchar el canto de los pájaros y beberme la brisa sin tener que compartirla. Por eso hago eso hasta que oscurece y extiendo el saco. Después preparo la cena al lado de la vía.

De vez en cuando pasa algún tren a toda velocidad.

Un grupo de adolescentes sale de una casamata que hay al otro lado de la vía, puedo escuchar sus conversaciones, pero no entiendo lo que dicen. Tampoco me importa. Pasan a mi lado sin mostrar interés por mi presencia. Después todo queda en un silencio roto sólo por algún coche que pasa por la carretera. Entro entonces en el saco e intento dormir, pero varios trenes me impiden conciliar el sueño hasta después de las diez y media.

Despierto hacia las cinco y media de la mañana. En menos de diez minutos he recogido el campamento y he cargado el equipaje sobre la bicicleta. Pedaleo en la penumbra en dirección a Tavira completamente tranquilo por el arcén.

Desayuno café y un bolo do arroz, que es una especie de magdalena grande y esponjosa que descubrí el año pasado y que se encuentra facilmente en cualquier parte del país. Después recorro la ciudad en busca del ayuntamiento. Me equivoco varias veces al confundirlo con la Junta de Freguesía, un local diminuto que me resisto a creer que sea lo que busco. Gracias al despiste he podido conocer el ambiente de una mañana de sábado en aquel lugar, lo he visto despertar sentado en un parque y he recibido los buenos días de muchísimos portugueses.

El calor aprieta, y en la plaza de la República, con su suelo de piedra, más aún. Mientras espero a que aparezca Mario, miro el río y algunas barcas flotando en sus aguas. La gente se va amontonando en la plaza, suena música tocada en directo, la gente compra souvenirs en los puestos que se alinean en un parque cercano, pasa el tiempo y no pasa nada más…

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Antes de separarnos a la mañana siguiente, Mario me regaló veinte euros. Yo no los quería pero, ante su insistencia, no me quedó otra que guardarlos en el bolsillo. Él no tenía problemas económicos, dijo, y yo sí. Se dio cuenta cuando le dije que todos los días como pasta, lo más barato, y también que no puedo adornarla con otra cosa que queso rallado. Durante un momento me siento avegonzado pero ésa es mi forma de viajar, no de hostal en hostal ni, aunque probablemente debería hacerlo, comiendo tres veces al día en un restaurante. Me parece un despilfarro más propio de turistas, que es una especie que aborrezco, y me saca de mi Realidad.

Antes de abandonar Tavira, me dirijo a una de las tiendas de souvenirs de la plaza de la República para comprar un souvenir. Compro un parche con el escudo de la ciudad que esa noche coseré en mi chaleco, que es como un álbum de recuerdos de mi viaje. El escudo me recordará siempre el tiempo que pasé con Mario allí, y el nudo en la garganta que se me puso cuando nos estrechamos la mano. Él se quedó allí un par de días más, después seguiría mis rodadas hasta Faro y, desde ahí, tomaría un camino diferente al mio.

Desde entonces no he perdido el contacto con él, durante el resto del viaje mantuvimos contacto a través de mensajes, terminado éste continuamos en contaco. Recibí su última llamada hace una semana, a primeros de septiembre. Me contó que por fin había vendido su casa en Suiza y que, junto a un amigo, iban a viajar a pie hasta Roma. Yo me alegré y, sinceramente, le deseé un muy buen viaje. Antes de colgar le pedí que me mantuviese informado de sus pasos, pero en realidad no me importa si no lo hace, porque sé que todo lo que ocurre en ruta pertenece al viaje y que, fuera de éste, es probable que pierda el sentido.

Al día siguiente envié un mensaje para informarle de mi llegada a Faro, el extremo sur de la EN2. Le agradecí todo lo que había hecho por mí, le expliqué dónde podía sellar su pasaporte; también le aconsejé un par de lugares donde dejé volar la imaginación y depués busqué el punto kilométrico donde empezaba, un vez más, todo.

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Publicado en Notas

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