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Notas para un diario (4)

El viaje puede evocar el pasado para bien y para mal. Retornar a un lugar ya conocido trae al primer plano las sensaciones que conservamos de él: nuestra infancia, un amor fugaz en aquella fiesta, un accidente en una excursión que realizamos, etc. Todo vuelve a aparecer e, inexorablemente, provocar en nosotros un momento de nostalgia, porque todos tenemos, en mayor o menor medida, un interior melancólico al que le gusta retornar a ciertos lugares de la memoria. Esos recuerdos nos predisponen al disfrute o eliminan la posibilidad de cambiar la percepción que tenemos de un pueblo, una playa, la gente, la gastronomía o el sinfín de información que archivamos como experiencias. ¿Tiene sentido renunciar a esas sensaciones y pretender partir de cero? Los momentos se graban a fuego en nuestra memoria, por mucho que intentemos olvidar, y ahí esperan.

Pasadas las ocho de la tarde pisé de nuevo aquella playa. La arena, mejor dicho, los guijarros del suelo se mezclaban con cientos de conchas, restos vegetales arrancados de alguna lejana orilla, restos de basura de todos los colores y un olor a agua estancada que provenía de una lengua que, a modo de ría, penetraba hacia el interior serpenteando entre los ribazos. Cruzando por encima, un puente de madera de diseño moderno, cerrado por ambos lados, haciéndolo impracticable y, por tanto, inútil; un simple e innecesario adorno.

Me acerqué hasta el mismo borde donde las olas perdían ya toda su fuerza deslizándose hacia atrás para someterse, una vez más, a la disciplina del eterno vaivén del mar. Una mojó la punta de mis zapatos e, instintivamente, di medio paso atrás.

Miré el horizonte. Al oeste, la mole del Peñón, en el centro, el perfil serrado de Marruecos se difuminaba con la neblina blanca del atardecer y, al este, la línea horizontal que separa mar y cielo rubricada con la mancha blanca de una urbanización jalonada de palmeras y bosque bajo. En el ambiente, ese calor pegajoso y salado que siempre da una incómoda sensación de suciedad. Yo lo estaba, hacía más de una semana que no encontraba dónde ducharme y, por eso, cuando la mujer se detuvo para darme las buenas tardes, no hice gesto alguno para acercarme a ella, sino todo lo contrario y con mucho disimulo.

— Yo veraneaba aquí hace más de cuarenta años. No lo recuerdo, claro, pero sí lo que me contaron mis padres muchas veces o recuerdo de alguna foto que, precisamente, miré antes de vender su casa.

La mujer me regaló una sonrisa mientras su hijo, quizá su nieto, jugaba con un perro pequeño. Yo me quedé callado, pero respondí con agradecimiento.

— ¿Y va usted a quedarse muchos días por aquí?
— No, sólo unas horas. Mañana continúo mi viaje.

Y volví a sonreír antes de mirar de nuevo al horizonte.

— Entonces, bienvenido.

Noté que mi sonrisa era más melancólica que nunca. Me quedé en silencio mientras ellos se alejaban hasta que desaparecieron engullidos por la bruma del atardecer.

A mi izquierda, veo sentados sobre unas toallas a una familia. Padre, madre y un crío pequeño consumen los últimos minutos de sol en la playa vacía. Ellos charlan mientras el niño juega sentado en el suelo con las conchas vacías que el mar ha arrastrado hasta la orilla. De vez en cuando los padres dirigen al pequeño alguna frase del estilo «Ignacio, hay que ir acabando ya ¿eh?» o «ya nos vamos a ir, que hay que cenar y acostarse». El niño no quiere irse y continúa con su entretenimiento. «¡Pero cuántas tienes ya!». El padre se incorpora para acercarse al montoncito que ha ido acumulando delante de él, se agacha y le ayuda a lavarlas bajo la cálida mirada de la madre, que ya está recogiendo todas las cosas y metiéndolas en un capacho de mimbre.

Vuelvo la mirada hacia el sol y me quedo mirando el horizonte pensando en lo que le querría contar a ese crío, que hoy es el vivo retrato de la inocencia, el ser más indefenso y vulnerable del mundo pero, al mismo tiempo, el más pleno.

Disfruta, criatura, libre y feliz, porque desconoces qué es el futuro y no te atormenta, porque no hay mañana para ti, porque hoy tu mundo de juegos está protegido y no existe otra cosa. Aprovecha tu inocencia, llénala de risas, mánchate con el barro de la orilla, haz flanes con él, mira cómo el mar se los lleva y vuelve a hacer más. Come, duerme, canta y baila sin importar qué música esté sonando, corretea, escóndete, acaricia a un perro, juega con tus coches de juguete, mira los pájaros, las flores, míralo todo con esos ojos bien abiertos…

No quise contarle que en muy pocos años la vida le robaría todo eso, que, sin merecerlo, el futuro reventaría su universo de una patada llenándolo de obligaciones, que poco a poco perdería el control de su tiempo, que sus risas terminarían siendo enfermas, que sus problemas no sólo serían los que él mismo se inventase, que tendría que aprender a combatir, que pasaría hambre alguna que otra temporada, que su pelito rubio cambiaría y las preocupaciones se convertirían en canas, que su insignificancia iría a más incluso para sí mismo, que su disfrute se transformaría en hastío y que, cualquier día, dejaría de importarle todo en el mundo; que llegaría un día en que sus padres ya no lo podrían proteger y que lloraría por mil razones, que aprendería cosas, también lo que significa echar de menos, que la vida dejaría de ser sencilla y estaría dominada por una máquina idiota, que los minutos valdrían dinero mientras la vida, su propia vida, dejaría de tener valor, que querría, incluso, renunciar. Me habría gustado explicarle que un día no muy lejano tomaría una decisión, quizá la más importante de su existencia, que miraría a su alrededor y, sin comprenderlo siquiera, sentiría muy dentro el significado de su existencia y la necesidad de construirlo todo de nuevo, que despertaría y se sentiría mayor, más que lo que sus padres lo eran ahora, que se vería sin fuerzas, que necesitaría crearse ilusiones, que le costaría amar después de haber amado mucho, que nunca tendría un hijo, que envejecería solo y que un día decidiría que el fin de su vida sería preparase para abandonarla como llegó, solo, y que nunca más volvería a ser «el deseado» para nadie.

Me eché a llorar, me sentía un hijoputa pensando todo aquello. Respiré después aliviado por no haber abierto la boca, por sólo haber sonreído mientras la imagen se desvanecía y sus papás me miraban con cierta ternura. Me pareció que el padre levantaba la mano como despidiéndose, y ella, tuve la sensación, articulaba alguna palabra que no logré descifrar. Al despertar del ensueño, me vi solo en toda aquella playa, rodeado por el sonido de las olas.

A oscuras ascendí la cuesta sobre la cual desplegué el campamento esa noche. No quise cenar, fumé un cigarro y me dormí con la imagen de aquel niño rubio como un angelito durmiendo en mi memoria.

Al amanecer volví a bajar a la playa. No había más que un anciano caminando junto a su perro, los dos igual de apesadumbrados. Recorrí algunos metros hacia un lado, hacia el otro, busqué, esperé, fumé, me senté en una piedra esperando sin saber bien qué.

Pronto empezó a hacer más calor y asumí la responsabilidad de reiniciar la marcha cuanto antes. Cargué el equipaje en mi bicicleta, lo aseguré bien, tomé un trago de agua y me ajusté el casco antes de empezar a empujar aquel mastodonte cuesta arriba.

A media cuesta me paré en seco y me erguí. Lentamente miré hacia atrás, hacia la playa. Allí estaban ellos de nuevo, el niño, de pie en la arena, con su cubo y su pala, con un sombrero y un bañador de color rojo. Sonreía. El padre le cogió en brazos y señaló hacia donde estaba yo. Me pareció que le decía algo minetras el crío agitaba su manita, parecía que estaba despidiéndose. Sus padres también decían adiós de pie, mirando hacia donde me encontraba yo. Ahora sí pude entender lo que ella me estaba diciendo, lo leía en sus labios a pesar de estar lejos, lo pude leer perfectamente.

Tumbé la bici en el suelo y, después, me dejé caer yo. Estaba roto, completamente roto y lloré, lloré mucho y con todo mi dolor durante una eternidad de diez minutos, sentado en el suelo, tan lejos de mi casa y de mi tierra pero más cerca que nunca de ellos. Noté entonces un hueco inmenso, infinito, imposible de rellenar, me dolió más que nada en toda mi vida y entendí que mi viaje, ese libro que voy escribiendo paso a paso, pedalada a pedalada, kilómetro a kilómetro, es la crónica en crudo de una ausencia. También tomé conciencia de que jamás, mientras esté vivo, aprenderé a dejar de echar de menos.

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Publicado en Notas

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