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Paraíso Silencio

8:30 de la mañana, finales de agosto. Hoy va a hacer un calor del carajo, lo dice la radio con voz anodina mientras miro por la ventana desde mi lecho. El cielo está limpio, completamente limpio, y es de un azul claro muy fotogénico. Pronto su color se irá saturando hasta convertirse en ese azul que revienta las fotografías y al que nunca sé darle gracia en mis fotos, un color que me obliga a pensar en blanco y negro quiera o no. El silencio de la calle, un sábado por la mañana a estas horas, no se deja oir por la radio, y callo la voz de César Lumbreras Luengo, que cuenta siempre lo mismo de Agroseguro, hoy desde Canarias, para dejarme sofronizar con el cricrí de un grillo que cose desde anoche el aire punteando las esquinas de cada calle, rebotando en los muros de la costanilla y entrando por tres de las cuatro ventanas de mi estudio.

Un trago más de mi taza de té, me lío un cigarro y me recuesto en el sofá donde reposo de las molestias que me obligan a pasarme el día en pelotas, tumbado, añorando puntos kilométricos e imaginándome lejos de este teatro.

El canto de un grillo solitario en las primeras horas de la mañana de una ciudad es el sutil privilegio que sólo una sensibilidad bien afilada es capaz de disfrutar. Sí, vale, lo digo para provocar la envidia de quienes viven en una ciudad donde la banda sonora de cláxones y sirenas arrasa con todo, pero es que es una de las muy pocas cosas que después de cinco años me gusta de este sitio.

Ese grillo, u otro que cumple el mismo cometido, es lo que escuché la primera noche que pasé en esta ciudad, hace cinco años, quizá lo que me empujó para dejarme engañar y terminar pagando una cantidad de dinero por un piso que no lo vale en una «ciudad» que tampoco merece mucho la pena. También es lo primero que le comenté a una con la que quedaba cuando aún pensaba que esto era un remanso de paz comparado con la jungla de la capital. Entonces, y durante un año largo, tomé por costumbre salir a callejear todos los días antes de las seis de la mañana para saciar mi hambre en algún bar y cartografiar el nuevo territorio que habitaba. Lo hacía antes de que la bestia despertara y desfigurase mi mundo personal. Si volvía pronto a casa podía escuchar el canto del grillo, de éste o de otro, en la plaza del Mercado. Entonces me paraba para escucharlo, intentaba ubicarlo, pero nunca fui capaz. Mejor.

En una ciudad como Madrid no hay grillos por la calle, es lógico que nadie disfrute del ritmo de la noche y de las primeras horas de la mañana.

El encanto, una hora después, se desvanece. Una manada de mastuerzos baja por la calle empedrada gritando, borrachos, buscando —dicen— donde seguir bebiendo. En mi imaginación, en mi deseo, les disparo en la cabeza para que se callen, para que dejen de violar lo único que aún me gusta de este agujero. Alguien arranca un coche, y la peste que sale del tubo de escape entra por mi ventana. Escucho el sonido del motor alejándose calle arriba y deseo que nunca más regrese…

Se terminó la dosis de belleza por hoy. Mi vecino de abajo sale de casa, como siempre, dando un portazo que hace temblar las paredes de mi piso. Su maldito perro ladra y jadea cuando bajan por las escaleras y él es incapaz de controlarlo. Tengo que soportar al bicho ese varias veces al día. Soy un antisocial que gozaría con la exclusión masiva de quienes no son capaces de valorar y cuidar el silencio, de la gente insensible al paraíso.

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Publicado en Notas

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