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Cambios

Desde niño he tenido una acusada vocación artística, sintiendo en todo momento la necesidad de expresarme y expresar mi percepción del mundo. Me recuerdo, probablemente con menos de diez años, diciendo que yo lo que quería era estudiar Bellas Artes sin saber qué era eso.

Pasaron los años y tuve que que lidiar con críticas del tipo “no es útil“, “no es práctico“ o que no se podía vivir de eso. Ningún compañero en el colegio parecía tener la misma vocación que yo y, de algún modo, todo aquello influyó en que terminase desarrollando mi yo desde el silencio. Era inexorable, tenía un talento y sólo quería explotarlo.

No fui un buen estudiante, no era bueno en Matemáticas, en Historia, en Física o en Química, pero en Dibujo, que era como se denominaba hace medio siglo la actual Educación Plástica Visual y Audiovisual, conseguía encontrar esa comodidad que el resto de materias no me proporcionaban. Sin duda, era bueno en ello, y no sólo en el ámbito de mi propia clase: a los dieciséis años colaboraba como caricaturista en una revista deportiva ¡y me pagaban por ello!

Nadie a mi alrededor apoyó nunca mis inquietudes, nunca me animaron a continuar ni a enfocar adecuadamente mi vocación, dibujaba a todas horas quitándole horas al estudio de otras asignaturas y, aún cuando muchos años después he tenido empleos que han tenido muy poca relación con la creatividad, no he dejado de tenerla siempre presente en mi vida.

A los 35 años, con la vida completamente vacía, tuve que dar un giro radical a mi vida para alejarme de aquel infierno. Desde entonces, la sensación de navegar a contracorriente es la tónica de mi vida. Yo lo acepto, sé que no es una vida cómoda, como tampoco es cómodo estar cuestionándome continuamente cada cosa que sucede o que hago. Cuestionar nunca es cómodo, porque implica hurgar en la herida sin la seguridad de obtener placer alguno en ello.

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Publicado en Notas

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