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Puertas y cuadernos de viaje (segundo boceto)

Todo viaje, en su principio, se idealiza; en la segunda fase, durante su desarrollo, el artista se deja capturar por cada detalle de la realidad que pasa ante sus ojos. Una vez que el viaje se aleja en el tiempo, éste se literaturaliza idealizándose nuevamente, aunque esta vez desde la perspectiva de lo vivido.

Así, un vez me pensé como el caminante que recorría las sendas entre los pueblos alcarreños con su morral a la espalda, pronunciando lentamente los nombres de las aldeas que va dejando atrás, aprendiéndose sus propios pasos, dormitando bajo encinas en las peores horas del día, bebiendo el agua fresca del botijo de algún paisano y paseando por las tórridas calles encaladas de cien villas en La Mancha. Salí hacia Ciudad Real y en Toledo me empapé, en Guadalajara supe lo que de verdad era pasar una noche tiritando bajo el cielo raso y despertarme con la placa de hielo sobre el saco. En Soria, mira por dónde, navegué el cielo subido en una nube un día de primavera en que me dejé atrapar por lo que vi a través de la rendija abierta de una puerta. En Cuenca y en Albacete anduve cientos de kilómetros por La Mancha más vacía y más plana que podía imaginar. Después, como el protagonista de la novela, regresé a casa.

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Pasan los meses, eres el pastor que salió a recoger el rebaño que la tormenta había desperdigado por toda la geografía. A ratos te sientes como el cazador nómada que huele en el viento la dirección que debe seguir a través de las viñas, el que duerme bajo las estrellas y sólo regresa cuando sus manos están llenas. En primavera caminas rodeado de flores, en verano con la nube de moscas alrededor, empapado en sudor, y te bañas en un río y comes tu bocadillo en la alameda. Los días largos avanzas mucho más allá, pero llegas con las piernas verdaderamente cansadas. Más de sesenta kilómetros en una sola jornada te hace sentirte muy fuerte, imparable con tu mochila a la espalda, y caminas con la sonrisa en la cara porque sabes que estás en tu lugar y quieres más, la carretera te posee y las largas distancias no son ningún problema para ti. De noche, en algún tugurio, bebes con los agricultores, cenas con los camioneros o te escondes al fondo de una calle para cocinar una judías. Definitivamente eres un hobo, un vagabundo, un nostálgico que saborea los detalles de la vida escribiéndola en su diario como en el siglo XVIII.

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Cuando has llenado el primero lo relees a ratos cada día, reconoces que el suelo que pisas es duro y polvoriento, aprendes que la gente es demasiado temerosa y piensa que el forastero le va a robar todo lo que tiene, ves que a tu paso las miradas de desconfianza son más de las que pensabas. Algunos, pocos, te piden historias, se sientan a tu lado en tus descansos y te ofrecen un cigarro, pero los demás…

Sumando kilómetros y experiencias vas grabando más libros en tu memoria, y aquel nómada tan sólo aparece ya en algunos párrafos y únicamente los días en que te sientes nostálgico. De eso te das cuenta mucho tiempo después. En realidad, te atraen los mismos asuntos que al principio, sí, pero también otros nuevos atrapan tu atención y te entregas sin resistencia a ellos ofreciéndoles toda tu pasión. Pasados tres, cuatro o cinco años eres consciente de que estás muy lejos de tu pasado, reconoces tu desarraigo del presente y confías en tu arte como si fuera tu futuro. Necesitas seguir jugando un poco más.

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Un día tienes que interrumpir tus pasos porque la vida se ha llevado a tu padre, y cuando vuelves a pisar el suelo ya no eres el mismo, no eres el que un día lejano cruzó la ciudad con sus botas y la mochila al hombro. Eres otro. Algo ha cambiado y tu conciencia empieza a pesar. Ya no persigues animales mitológicos, ahora buscas paisajes donde escuchar tu voz, donde poder lavar tu ropa sucia en un arroyo que baja por la ladera dando volteretas de piedra en piedra, oyes el tintineo hueco que te recuerda lo que tienes dentro: un inmenso vacío que has de llenar una vez más. Una vez más reconoces que estás en la primera casilla del tablero que hay sobre una mesa en el medio de esa estepa, tienes los dados en la mano y no sabes qué hacer.

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El juego, sin duda, es diabólico. Tu inquietud ahora es cuándo y cómo terminar un diario, cómo se cierra un círculo para que no haga falta volver a él. En un solo parpadeo aprendes que viajar no sólo es cambiar de olor. Cada puerta cerrada es el umbral a otro mundo, una pregunta y el misterio que oculta la respuesta o el peligro de derrumbe. Cada puerta abierta muestra el vacío que queda cuando se escapa la vida y lo que los ladrones que se colaron para saquear el recuerdo olvidaron. Después llegan las arañas con sus complejas trampas, el polvo del olvido y el momento de devolver el tiempo a la eternidad, o sea, la hora de renacer en el punto cero, donde los momentos se disuelven gota a gota en el océano de la existencia.

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Publicado en Notas

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