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9 de abril de 2015

Vale, he vuelto a él.

Lo confieso: siempre que tengo que cruzar Madrid lo hago por el Retiro y hoy, recién llovido, como estaba seguro de que no habría casi nadie, no he querido resistir la tentación. Sólo estábamos cuatro, unos valientes septuagenarios, caminando a buen ritmo por los muchos circuitos de diferentes longitudes que se enredan por los parterres, y yo haciendo fotografías en las avenidas arboladas completamente vacías, a charcos, a patos, a bancos y a una umbría verde y jugosa que huele a madera mojada, a pinar después de llover y a camino mojado del Puente Romano. Una brisa que ni mueve los brotes ni los pétalos me trae el nítido olor a recuerdo del principio de un invierno frío y lluvioso que pertenece al más profundo ayer.

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Pisando los charcos con los pies ya empapados el frío trepa por los dedos de los pies y se enrosca a los tobillos. Es una lástima tener que caminar así con esta temperatura tan estupenda aunque haya estado lloviendo toda la mañana.

Voy dejando atrás un rosario de remolinos turbios que son mis huellas en el fondo de los charcos, el efímero testimonio de mi flânerie de hoy fuera de mi diario. En unos segundos habrán desaparecido para siempre y no existe imagen que lo demuestre.

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Salgo del parque otra vez más por La Pequeñita y subo por Doctor Castelo en busca de un café que me caliente el cuerpo, sin perder de vista la verja de hierro. De camino reconozco a un gemelo —¿o era el otro?— cerca de su portal, habla con un anciano, ha cambiado poco después de todos estos años.

Él no me ha visto, lástima.

Siempre me gustó esta calle.

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Publicado en abril 2015

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