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Del desierto al otro lado

Un canal divide el desierto de norte a sur. A un lado hay regadíos, inervados por carreteras casi siempre iguales. Al otro, un secano cegador, un laberinto de sendas que se adentran en los yesos esquivando la vegetación esteparia, rala y resistente que allí sobrevive. Esta red de veredas polvorientas comunica los pueblos más silenciosos que nunca he conocido y se extiende hasta donde pierdo la vista.

El viento erosiona mi piel y la tierra, abrasadas ya por el sol.

Joan es un hombre común —según se mire— y comprometido con una idea por la que se esfuerza desde un pueblo en medio de la nada. Del mundo de la informática saltó a la barra y los fogones para dar servicio a una aldea que envejece por momentos; él pone en sus manos lo que puedan necesitar, fabrica el pan y ofrece unas pizzas deliciosas que salen de su genio. Tiene, además, buena conversación. Contándonos vida pasada y proyectos futuros entre retales de presente, compartimos la mañana en aquel bar.

Imagen

Poco antes de las dos de la tarde, con las energías intactas y mucho en la cabeza, salgo con dirección oeste y cruzo la marca del canal bajo un cielo nublado que regala una llovizna que ni llega a mojar el suelo.

El sol aparece cuando alcanzo mi siguiente destino; ni me detengo. A un ritmo cómodo camino, sin pisar asfalto, bordeando campos de cereal y barbechos en busca de imágenes. Voy pensando en todo lo que hemos hablado hace unas horas.

El cierzo arrecia y el cereal plantado baila a su son.

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Publicado en Donde habita el silencio

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