✎ Por Nacho Luque
Hablar de arjé es identificar el origen material del universo, de qué está hecho. «Materia prima» es arjé (ἀρχή), material y principio generador de lo que todo emerge y, además, a lo que retorna; materia, sustancia individual que es potencia y fondo común que no es objeto y, creo, encaja muy bien con la idea de que el origen no es una forma concreta, sino algo indeterminado, una suerte de ápeiron (ἄπειρον) sin contornos definidos del cual surgen todas las posibles configuraciones. Los paisajes cambiando con las estaciones, el viento que no da descanso y la luz, esa luz cegadora que es verdad; todo son modulaciones de una misma base. Incluso el cuadro de Kazimir Malevich que observo en la soledad de mi estudio funciona como esa idea visual del arjé. Es potencialidad absoluta, no vacío, un campo donde cualquier forma puede emerger. La película empieza ahí y luego muestra cómo la materia se organiza, se transforma, trabaja y, finalmente, se disuelve.
El paisaje amplio es materia en reposo aparente donde las hormigas, materia en actividad microscópica, y el ruido de máquinas que suena de fondo en algunos planos es materia transformada por el humano. La misma materia en diferentes grados de organización, sin jerarquía, sólo continuidad.
«Materia prima», o arjé, Urstoff o cualquier otro término, no es sólo un título poético, sugiere una tesis ontológica; no habla de historias humanas, sino de la materia sintiendo, moviéndose, produciendo formas y cambiando constantemente. Yo me desplazo hacia el arjé y lo observo conectando con la idea de desantropocentrización, con que el origen no es el humano, es la materia, y este, el humano, aparece tan solamente como una configuración más con su fragilidad y temporalidad. Sería casi un regreso del símbolo (el cuadro) al arjé (la materia viva), sin voz, sin explicación, sólo dejando que las formas aparezcan solas.
Yo, actor, director, cámara y viajero, no tengo telos, no tengo fin ni intención moral o teleológica alguna en esta película como no lo tengo en mi viaje. El ápeiron es ilimitado, indeterminado, y de él surge todo sin propósito, más bien por la necesidad de equilibrar fuerzas y transformarse. No dirige, no juzga, no guía hacia un fin; simplemente permite que el cosmos ocurra, y yo sólo soy fuerza que posibilita la aparición de la materia y el movimiento, pero no decido hacia dónde va. El barro se seca, el viento erosiona, las hormigas trabajan, cada cosa sigue su propia ley interna sin mi mediación, porque mi presencia no impone un destino; yo solo existo como tensión, como alma o potencial de que algo emerja.
«Materia prima» habla de desantropocentrización, no hay historia humana que dirija el mundo, no hay moraleja ni fin, solo transformación, simultaneidad de tiempos y vida que se despliega. Mi intención como humano no es condición de posibilidad. Como actor, la película me impone una política: no actuar, simplemente estar. A través de mí, los objetos del mundo se relacionan y yo con ellos, pero no existe intención que marque el comportamiento. En tal caso es esa materia primordial, el Urstoff del mundo, quien marca por dónde me nuevo, qué hago y cómo habito el paisaje.
Eso resume perfectamente lo que hace mi película: mi acto como humano es manifestación de la materia misma a través de mí. No interpreto, no dirijo la escena, solo permito que las fuerzas de barro, viento, luz, hormigas o lluvia dicten el movimiento, ritmo y presencia del mundo. También el mío.
«El movimiento es el paso de la potencia al acto, o de la posibilidad a la actualidad, y las cosas mismas no son sino potencias actualizadas; son un compuesto de potencia y acto, de la misma manera que son un compuesto de materia y forma» (Herder).
Mi política como actor es ser únicamente un canal de la materia, un epicentro de tensión sin intención, un observador que simultáneamente se funde con lo observado. La interacción no es control, es resonancia, lo que la materia hace conmigo determina cómo me muevo y cómo el plano se construye. En la práctica, eso significa que cada plano puede ser mínimo, contemplativo y, sin embargo, estar cargado de sentido, porque todo lo que sucede a mi alrededor, incluso lo que parece incidental, tiene vida propia. Solo soy un hilo conductor, pero nunca la fuerza que dirige; soy la manifestación de la potencia de la materia, pura entelequia aristotélica (ἐντελέχεια), la actualización de las potencialidades de una cosa. «El alma debe ser sustancia en el sentido de la forma de un cuerpo natural que tiene dentro de él la vida en potencia» (Aristóteles 1969, p. 47-50).
Aristóteles. 1969. De anima. Traducción de Alfredo Llanos. Juárez. Buenos Aires.
Encyclopædia Herder. https://encyclopaedia.herdereditorial.com/