✎ Por Nacho Luque
Cinco segundos. Ni más ni menos. La luz del amanecer se cuela por la ventana, fría y clara, dibujando sombras sobre la colcha. Ella duerme, rendida, completamente entregada, su respiración profunda marcando un compás lento que llena el espacio sin ruido. Su cabeza se acomoda sobre mi pecho como si mi calor fuera almohada y abrigo al mismo tiempo. Su mano descansa, ligera, buscando un punto de equilibrio, un ancla.
En esos cinco segundos habitan cuarenta años de vida: su niñez, su adolescencia, su aprendizaje de sentir y de mostrarse. Cada gesto mínimo, el arqueo de su ceja, la curva de sus labios al suspirar, la ligera presión de sus dedos sobre mi piel, me habla de su carácter, de sus certezas y sus dudas, de lo que le enseñó la vida y cómo lo ha integrado en su forma de ser.
Yo estoy despierto, asentado en el mundo mientras la contengo para que no flote y desaparezca en su universo de calor. Siento la responsabilidad, la ternura y el asombro de tenerla así, vulnerable, segura y confiada, sin palabras, sin ruidos, sin defensas. Es un instante suspendido donde lo efímero se vuelve eterno.
Y cuando abre los ojos, apenas un parpadeo, el contacto ya está hecho. Un suspiro, un ligero movimiento de caderas, un roce de labios en mi pecho.
Cinco segundos que contienen todo y nada, que hablan más que cualquier conversación, que dicen quién es y quién fui para ella.
23 de noviembre de 2025
... Llorando como un niño chico
cada vez que le dedico esta sombra que me dio,
donde sólo cabemos ella y yo.