✎ Por Nacho Luque
Ya no hay imágenes de la realidad; ya no hay representaciones ideales; ¡no queda más que el desierto!
—Kazimir Malevich. Manifiesto del Suprematismo
Malevich pronuncia esta sentencia no como lamento, sino como revelación. Después de agotar todas las formas de representación y llevar la pintura hasta su límite, sólo queda el blanco absoluto y la textura de su pincelada, el gesto. Es el desierto pictórico donde ya no hay nada que imitar porque ya no hay nada que representar. Es el grado cero del arte, la pureza radical.
José Luis Brea, en «Nuevas estrategias alegóricas», recoge ese grito de Malevich para construir su diagnóstico del presente, afirma que «el desierto crece».
Para Brea, el desierto no es sólo paisaje ni metáfora, es síntoma cultural, el territorio del nihilismo contemporáneo donde todo sentido se ha agotado deviniendo residuo de una civilización que ha perdido su capacidad de generar significado, por eso escribe con tono de lamento, casi fúnebre: «Ay de aquél que dentro de sí cobija desiertos». Brea ve el desierto como apocalipsis de todos los símbolos, un espacio donde ya no cabe más que el tránsito vacío: «Interrogad a sus pobladores. Ellos os dirían que el desierto no se habita, que tan sólo se recorre. No cabe en él pensar sino asentamientos nómadas, provisorios».
Su lectura es lúcida, incisiva, pero incompleta para mi modo de ver, porque se queda en la mera especulación filosófica, en el análisis de lo que el desierto representa. No da el paso que Malevich sí dio: entrar en él.
Mi respuesta es simple: «Ay de aquél que dentro de sí cobija desiertos... y no los sabe vivir».
Esa diferencia es abismal. No se trata de negar su diagnóstico —el desierto crece, sí— sino de cambiar la pregunta. No es ¿por qué el desierto? sino ¿cómo habitarlo? Creo que no se trata de lamentarse por la pérdida de sentido, sino sembrar en el vacío para encontrarlo de nuevo.
Brea teoriza desde la distancia, yo respondo desde la experiencia encarnada. He pasado años yendo al desierto, no como turista ni como melancólico, sino como quien busca su materia prima, y éste no es, para mí, símbolo de agotamiento cultural, sino todo lo contrario, el espacio donde lo esencial se revela. Al contrario que carencia, es posibilidad, punto cero donde todo puede volver a empezar.
La diferencia entre Brea y yo no es sólo intelectual, es existencial, mientras él mira el desierto desde fuera y ve catástrofe, yo entro en él, me desnudo, lo respiro y encuentro verdad. Él lamenta que el desierto no se habite, sin embargo yo lo habito. Él sentencia que sólo se recorre, pero yo me detengo, permanezco y siembro, porque el problema no es el desierto en sí, sino no saber vivir en él.
«¿Sabes? He sembrado tu foto en este suelo. No la he enterrado, no, la he sembrado. Porque algo tuyo tenía que quedarse en el lugar donde pensaba mostrarte el silencio del mundo» (Luque, 2025).
Del lienzo a la intemperie: Malevich y el cuerpo en el vacío
Malevich llegó al desierto antes que yo, en 1918. Después de explorar todas las posibilidades de la figuración, del color y de la representación, comprendió que el único gesto honesto que le quedaba era la eliminación de todo esto, pintar con blanco sobre un soporte blanco.
«Blanco sobre blanco» (1918) no es una renuncia, más bien una afirmación mística, el arte reducido a su esencia más pura después de ser despojado de todo artificio e ilusión de realidad. Es el desierto pictórico, un espacio donde ya no queda nada que imitar porque ya no hay nada fuera del propio acto de existir. Después de eliminar el color, la figuración y también la narrativa, lo que queda es silencio visible, vacío consciente. Su pintura no representa el desierto, pero es desierto, la experiencia directa de lo absoluto sin mediación.
Yo quiero prolongar ese gesto fuera del marco. Si Malevich llegó al blanco absoluto eliminando toda representación, yo llego al desierto eliminando toda protección. Su lienzo estaba a salvo en el museo, yo expongo mi cuerpo a los elementos. Él pintaba el vacío, yo lo habito. Él lo contemplaba desde la distancia estética y yo me convierto en materia que el desierto esculpe quitándole la ropa en mitad del desierto no como performance ni provocación, sino como continuación lógica del gesto de Malevich: si él eliminó el color y la forma hasta quedarse con lo esencial, yo elimino la ropa, la protección, hasta quedarme con lo esencial de mí mismo, quedando vulnerable, expuesto.
El desierto de Malevich era conceptual, aunque menos que el de Brea, pero el mío es físico, experimentado. En todo caso ambos buscamos lo mismo, la experiencia directa de lo real sin mediaciones. El pintor ruso se encerró en la superficie para encontrar lo absoluto. Desde ese punto, yo salgo a su encuentro. Mi acción es su pintura llevada a la intemperie, donde el viento es real, donde el sol quema, donde la sed no es metáfora y el cuerpo —el mío— es el lienzo que el tiempo y el espacio transforman.
Hay otra diferencia crucial, mi obra no está protegida, no cuelga en un museo. Al contrario, está expuesta al viento, al calor, a la erosión y al desgaste; cada vez que voy al desierto, me ofrezco a él como material, no para ser destruido, sino para ser revelado. Porque el desierto no destruye, desnuda, elimina lo superfluo, lo accesorio, lo falso. Lo que queda después de pasar por el desierto es lo verdadero.
Malevich llegó al blanco eliminando, yo llego al desierto despojándome. Ambos entendemos que la verdad está en la sustracción, no en la acumulación, que el arte más honesto es el que no añade nada al mundo, sino que revela lo que ya estaba ahí, oculto bajo capas de representación, de cultura, de miedo. Por eso el desierto no es metáfora para mí, es el lugar donde esa revelación sucede y el cuerpo —mi cuerpo— se convierte en el equivalente del lienzo blanco de Malevich, una superficie donde la verdad se hace visible en su forma más desnuda. Su cuadrado blanco sobre fondo blanco fue una invitación, Malevich nos dijo: «aquí está el final de la representación. Ahora, ¿qué hacéis?»
Yo acepté esa invitación, y mi respuesta fue salir del museo, caminar hasta el desierto, quitarme la ropa y decir: «aquí estoy, sin nada que me proteja. Esto soy».
El desierto es el lugar donde no se puede esconder nada. En un bosque, entre los árboles, hay sombra, hay refugio; en un río el agua te cubre. Pero en el desierto no hay dónde ocultarse, no hay árboles, no hay sombras ni excusas, sólo queda la extensión infinita, la luz implacable, y ahí, yo expuesto.
Por eso el desierto es punto cero, un lugar donde todo lo superfluo desaparece y sólo queda lo esencial, donde la verdad no es opción, sino condición, donde no se puede fingir ni mejorar tu imagen. No puedes tapar nada, eres lo que eres sin mediación.
Cuando me quito la ropa en el desierto inicio un rito de nacimiento, de vuelta al origen despojándome de todo artificio para mostrarme tal como soy. Ante mi declaración sin palabras, el desierto responde no con consuelo ni con juicio, responde con su silencio denso, con su vastedad, con su forma de estar ahí, indiferente y total. El desierto no perdona, pero tampoco condena, simplemente es. Y en ese ser radical te obliga a ser tú también, sin excusas.
Siento una afinidad absoluta con el desierto que no siento con ningún otro paisaje. El misterio del desierto no es evidente, no está a la vista, es un misterio altamente sofisticado donde todo está oculto y obliga a fundirse con él para comprenderlo. No se puede observar desde fuera, hay que (re)nacer en él.
Lo doy todo y lo quiero todo, mi forma de amar es total, no sé amar a medias, no me conformo con gestos tibios ni con promesas a medias tintas. Lo doy todo y lo quiero todo. Es justicia.
El desierto reconoce la integridad porque él tampoco sabe ser a medias, o te acepta completamente, o te destruye, no hay término medio ni negociación. El desierto es radical en su honestidad. Cuando me presento ante él desnudo, vulnerable, sin pretender conquistarlo ni embellecerlo, el desierto responde: «por fin, alguien que me entiende». Ambos existimos en la intemperie, ambos somos así y sin poder ser de otra manera; y ambos exigimos verdad. Por eso el desierto es mi hogar; no porque sea cómodo, sino porque es verdadero. Y en esa verdad radical, Cristina y yo pudimos —y seguimos pudiendo— encontrarnos.
El ritual filmado en «Una parte de algo» no es ficción ni performance, es documento de un acto real: el momento en que ofrecí mi sentimiento al único espacio que podía recibirla sin juicio sembrando la memoria de ella en el lugar donde la verdad no tiene alternativa.
Ése es mi desierto, no el vacío nihilista que lamenta Brea, sino el espacio donde el amor se hace visible en su forma más pura, donde amar y comprender son la misma respiración, donde todos los lugares se equivalen, porque lo que importa no es la geografía, sino la intensidad.
«Le observaba con pasión, atento a la vez a las acciones y a los gestos de su compañero y observaba también la reacción que producían en sí mismo, porque estaban produciendo una metamorfosis que le trastornaba. [...] animado por Viernes, a partir de entonces, se exponía desnudo al sol. Al principio avergonzado, encogido y feo, no había tardado mucho, sin embargo, en estirarse y embellecerse poco a poco. Su piel había un tono cobrizo. Una fiereza nueva henchía sus músculos y su pecho. Su cuerpo desprendía un calor del que parecía que su alma extraía una seguridad que jamás antes había conocido» (Tournier, 201-202).
Cada vez que llego al desierto, el ritual es el mismo: me quito la ropa, toda. No lo hago como gesto simbólico, sino como necesidad ontológica, como quien se despoja de una piel vieja para poder respirar de verdad. Desnudo, de pie en medio de la inmensidad, quedo a merced del desierto mismo. Lo hago para ser visto por él, para poder ser atravesado, y en ese ejercicio lo arriesgo todo. Es honestidad radical: «Aquí estoy sin protección ni máscaras, sin nada que me defienda. Tómame o déjame, pero mírame como soy». Es, en definitiva, (re)nacimiento.
Como si ese lugar fuera el útero de la Tierra, el espacio primordial donde la vida comienza sin artificio, sin cultura, sin historia, en medio de la nada que lo es todo, vuelvo a ser lo que era antes de aprender a esconderme en un mar de capas o explicaciones. Entonces el desierto me recibe como madre implacable. No me protege ni me consuela, pero me reconoce y me permite ser; y en ese ser expuesto al sol que quema y al viento que arrasa, encuentro algo que en ningún otro lugar existe, la certeza de estar vivo sin mediaciones.
Quitarme la ropa es quitarme todo lo que no soy. La ropa es cultura, es identidad construida. Bajo ella, sólo queda el cuerpo frágil, mortal, el cuerpo real; y bajo el cuerpo, sólo queda la conciencia abierta, desnuda también y lista para ser atravesada. En eso consiste el ritual, en permitir que el desierto me posea, que su luz me penetre hasta los huesos y que su silencio entre en mí para barrer todo lo superfluo, que su vastedad me recuerde cuán pequeño soy y, al mismo tiempo, cuán entero puedo ser si acepto esa pequeñez sin miedo.
Es un riesgo total estar expuesto físicamente, el sol puede quemarme sin piedad, la sed o el frío de la noche matarme. También estoy expuesto emocionalmente, espiritualmente, porque, como dije, allí no hay dónde esconder los miedos ni las heridas; todo queda al descubierto, es visible. Y en esa visibilidad extrema, paradójicamente, encuentro libertad.
El desierto no juzga, simplemente recibe, y al recibirme tal como soy me devuelve a mí mismo en una versión más limpia y verdadera. Ése es el renacimiento, no volver a ser inocente, sino volver a ser íntegro permitiendo que el desierto me pula como el viento pule las piedras hasta que sólo quede lo esencial y pueda mirarme sin vergüenza y decir: «Esto soy, y es suficiente». Cada viaje al desierto es un retorno al origen. Pero no es un viaje al origen biográfico, sino al existencial, al momento donde la vida aún no ha acumulado capas y el ser aún no ha aprendido a mentir.
El útero de la Tierra no es cálido ni acogedor, sino árido, implacable. Pero es honesto, y de esa honestidad nace algo nuevo cada vez, una versión de mí que puede soportar la verdad y mirar la fragilidad sin huir, un yo que puede estar solo sin sentirse abandonado.
Quitarme la ropa en el desierto es, entonces, el gesto más importante de mi práctica artística, no porque sea radical o provocador, sino porque es fundacional. Es el momento donde el artista desaparece y sólo queda el hombre, también cuando la obra deja de ser proyecto, se convierte en vida y todo lo que he construido —biografía, discurso, identidad— se disuelve. Lo único que permanece es un cuerpo bajo el cielo abierto.
«Quien se interna en el desierto reconoce la oscura prelación de una ley que se impone contra toda tabla, contra toda civilidad. Su dictado, la evanescencia de la representación, devuelve todo signo a su insignificancia, generaliza la cifra de la indiferencia en una repetición sostenida de lo mismo» (Brea, 121).
Y desde ese lugar despojado y renacido puedo volver a mirar el mundo, puedo volver a crear y a amar, porque sólo quien ha aceptado mostrarse completamente su vulnerabilidad puede amar de verdad, sólo quien ha arriesgado todo puede darlo todo. Cada vez que vuelvo a él, el desierto me enseña que la honestidad radical es la única forma de estar vivo, que la desnudez física, mental y emocional no es debilidad, sino la forma más pura de la fuerza. Por eso vuelvo una y otra vez, para quitarme la ropa, ofrecerme y renacer.
«En el desierto sucumbe toda promesa. Las tierras prometidas imaginan su travesía, más allá. Pero el desierto se venga de toda ensoñación paradisíaca. Sólo él espera al final del camino, de la aventura, del viaje. Descenso obligatorio, parada final. Destino forzoso. Last exit: desert» (Brea, 119).
Tiene razón el filósofo, en el desierto no caben las promesas y no porque sea cruel, sino por su honestidad. El desierto no promete nada, ni sombra, ni agua, ni consuelo, sólo lo que es en este instante. Y eso es exactamente lo que lo convierte en el territorio perfecto para un amor verdadero.
Elegí el desierto como lugar para sembrar la semilla del amor hacia ella porque ambos lo entendíamos de la misma manera, y lo habíamos circunscrito a sólo tres normas muy básicas: sin pedir permiso, sin pedir perdón y sin hacer promesas.
No pedir permiso implica vivir desde la autenticidad, sin buscar validación externa, hacer lo que nace desde dentro con responsabilidad pero sin sometimiento, sin preguntarle al mundo si tienes derecho a ser quien eres.
No pedir perdón no significa no cometer errores, sino asumirlos con dignidad. Significa vivir tan comprometido con lo que uno siente y hace que si algo duele, se repara con actos, no con palabras huecas. No hay culpa performativa, sólo responsabilidad real.
No hacer promesas es vivir en presente, construyendo con lo que se es, no con lo que se dice que se será, es rechazar las ataduras del futuro incierto y ofrecer, a cambio, una entrega real, diaria y sin garantías, pero llena de presencia.
Creamos nuestras leyes, y el desierto —el físico, el que pisábamos— era su materialización perfecta: el desierto no pide permiso para ser árido, no se disculpa por su dureza y no promete nada más allá del instante en que lo atraviesas.
«Intentar cruzar el desierto no conduce sino a internarse más en él. El desierto carece de exterioridad, de límite. A su alrededor —sin duda, el desierto es siempre circular— no hay sino espejismo. Al avanzar —el desierto crece— su fría ley va liquidando hasta la extinción los evanescentes espectros de toda imaginaria producción figural. En su lugar, no queda sino la espantosa soledad atemporal, fría, que asola las noches de un territorio negro, implacablemente dormido, baldío y mudo» (Brea, 119).
Brea describe con precisión, pero creo que malinterpreta. El desierto crece, sí, liquida toda producción figural, pero eso no es apocalipsis, sino liberación, porque lo que liquida son las fantasías, las proyecciones, las máscaras. Lo que queda no es espantosa soledad, sino verdad desnuda. Cuando dos personas entran juntas en ese territorio —cuando renuncian a las promesas y se entregan al presente absoluto sin culpa ni remordimiento— sucede algo extraordinario: el desierto deja de ser exterior, se convierte en el espacio emocional que habitan juntos, en un universo propio que crece y lo colorea todo.
Durante aquellos cuatro días que viajamos juntos, ignoramos adrede todo lo que estuviera fuera del universo que estaba creciendo dentro de nosotros, no había pasado ni futuro, no había explicaciones que dar ni promesas que cumplir, sólo existía ese presente denso que nos contenía y nos protegía, precisamente, porque no prometía protección.
El desierto «carece de exterioridad», afirma Brea, y nuestro desierto tampoco la tenía, éramos nosotros, sólo nosotros, sin el mundo afuera interrumpiendo, sin las obligaciones y sin identidades previas. Vivimos fuera de la Máquina del Vacío, en una burbuja de presente absoluto donde podíamos ser quienes realmente éramos, sin pedir permiso a nadie. Y ese desierto —nuestro desierto emocional— creció, no se quedó en aquellos cuatro días, siguió expandiéndose y oxigenando todo lo que tocábamos. Nunca volvimos a ser los mismos: yo cambié mi forma de entender el mundo, y ella aprendió que la libertad es práctica diaria. Ambos aprendimos que amar de verdad significa arriesgarlo todo sin ahorros ni garantías y que el presente no es instante fugaz, sino el único territorio habitable. Cristina dejó su vida anterior, su trabajo, sus aficiones; posiblemente, hasta sus amigos. No porque yo se lo pidiera, sino porque había encontrado en el viaje a la «ella» que siempre había estado encerrada. Era, desde entonces, una mujer libre que no necesitaba justificarse, que podía ser sin máscaras. Y esa mujer no cabía ya en la vida que había construido antes. Ella buscaba la eudaimonía [1] y la encontró no en la teoría que conocía tan bien, sino en la práctica encarnada del viaje, del riesgo y del presente absoluto.
Este texto no habla sólo sobre el desierto, vacío o sobre la muerte. Es un ensayo sobre el amor con mayúsculas, ese amor que no se limita a dos cuerpos que se encuentran, sino que abarca todo: la piel y el espíritu, la memoria y el pensamiento, la vida y la pérdida, el conocimiento y la entrega. Es el amor que no se conforma con menos que la verdad radical, el amor que lo da todo y lo quiere todo.
El desierto es el espacio donde ese amor se hace visible, donde comprender y amar se vuelven la misma cosa, y donde lo que importa no es la geografía, sino la intensidad con que se habita cada instante. Brea veía el desierto como apocalipsis cultural, Malevich lo pintó como grado cero del arte y yo lo habito como materia prima del amor, pero no el amor romántico que promete eternidad imposible, ni el amor místico que huye del cuerpo, sino como amor total, amor con mayúsculas. Cristina está en cada línea de este texto como principio activo, como energía que sigue transformando la materia de la que estoy hecho, y el desierto es el único lienzo donde esa forma de amar puede existir sin falsedad, con toda su vulnerabilidad, que no es debilidad, sino honestidad, y entrega, que no es un sacrificio, sino una forma de justicia: dar todo y querer todo.
Cuando sembré su fotografía en el desierto, no estaba enterrando a los muertos, planté futuro. «Esto que vivimos sigue vivo, no como recuerdo que se desvanece, sino como presencia que se transforma», había escrito ella. Ahora, el desierto guarda esa imagen, la erosiona lentamente integrándola a su materia, y en ese proceso, Cristina y el desierto se vuelven una sola cosa.
Este ensayo es, en verdad, una forma de comunión. No sólo entre ella y yo, sino entre el pensamiento y el cuerpo, entre la teoría y la práctica, entre el ser que piensa y el ser que siente. Es donde el desierto deja de ser metáfora y se convierte en territorio del amor encarnado.
Mi obra no documenta el desierto, es desierto, la forma visible de ese amor que no se conforma con tibiezas, que exige verdad radical y que acepta la erosión y la pérdida como parte del proceso. Mi cuerpo desnudo en la arena, el silencio registrado o la fotografía sembrada que el viento irá borrando no son símbolos del amor, son el amor actuando en el mundo, transformándose en materia, en tiempo y en memoria viva.
La diferencia entre Brea y yo no es sólo filosófica, es, más bien, vital. Él lamenta que el desierto crezca mientras yo lo acepto, opina que no se puede habitar y yo lo habito. Él especula sobre el vacío mientras yo me desnudo en él y dejo que me transforme, porque el desierto no es el fin de todo, sino el principio posible, donde, una vez que todo lo superfluo ha sido eliminado, puede aparecer lo esencial. No es un sentimiento vago, sino una forma de estar en el mundo, es mi aula, mi taller, mi confesionario, mi útero; es el lugar donde aprendo a amar de verdad, sin protección, sin garantías, sin fantasía y sin miedo a mostrarme tal como soy. Desde aquel 9 de julio de 2024, esa lección la llevo conmigo a cada viaje y a cada obra.
Por eso este texto es un ensayo de amor. Porque todo lo que he aprendido en el desierto se resume en una sola verdad: que amar es plantar en el vacío sabiendo que quizá nunca verás florecer lo que sembraste. Ella lo entendió y me acompañó. Pactamos no documentar nada y nueve meses después me pidió que hiciera esta película porque ella sabía que la única forma de amar de verdad es saltar al vacío sin red de seguridad y confiar en que, aunque caigas, habrás vivido algo real.
Yo sigo saltando cada vez que vuelvo al desierto a dormir acostado junto a la memoria que sembré en la arena, porque ahora el desierto no está vacío, está lleno de ese amor que lo da todo y lo quiere todo, que no teme la erosión porque sabe que la erosión es forma y acepta la pérdida porque comprende que nada se pierde de verdad cuando ha sido amado con intensidad absoluta.
El desierto crece, sí, pero como invitación. En el desierto ya no queda nada más que el vacío y la luz, que es todo lo que necesito; el vacío para ser honesto, la luz para ser visto...
... y el Amor, con mayúsculas, para seguir vivo.
Del griego εὺδαιμονια. Teoría que sostiene que el fin de la acción humana es la felicidad, entendida ésta como la mejor vida que puede vivir el hombre; eudaimonía es, por lo mismo, la «vida buena», y se refiere a la calidad sustancial de la vida, no a una simple característica o propiedad de la misma. (Herder)
Luque, Ignacio. 2025. Una parte de algo. España: Pinpilinpauxa.
Tournier, Michel. 2004. Viernes o los limbos del Pacífico. Madrid: Alfaguara.
Brea, José Luis. 1991. Nuevas estrategias alegóricas. Madrid: Tecnos.
Wikipedia, «Blanco sobre blanco», última modificación 12 de enero de 2022, 18:42, https://es.wikipedia.org/wiki/Blanco_sobre_blanco.