✎ Por Nacho Luque
Acercarme al mundo sin clausurarlo y encontrar experiencias que mantengan abierta la pregunta en lugar de certezas que la cierren. Conocer, para mí, es entrar en relación con algo que nunca se agota, y esta es la actitud que define mi forma de viajar, mi práctica cinematográfica, mi vínculo con la memoria y mi manera de entender la vida. La erótica de la mirada, esa tensión entre proximidad y distancia frente a algo que se ofrece y se deja acariciar pero finalmente se escapa, me invita a avanzar y después me esquiva sin dejarse aprehender del todo jugando a seducir prolongando la relación. En esa dinámica aparece el sentido y la erótica se convierte en una epistemología de la aproximación.
Mi práctica de viaje responde a esta lógica: me atraen los lugares que parecen insignificantes, las explanadas baldías, eriales, descampados que nadie mira. Son estos unos espacios abiertos al tiempo, a la transformación, a una vida mínima casi imperceptible. La cámara, allí, no impone una narrativa, prefiere situarse y dejar que las cosas ocurran en planos largos con ritmo lento y sonido directo.
El tiempo habla y el paisaje se ofrece.
El conocimiento de esos lugares cambia con la duración. Al llegar, aparece una primera impresión pero, tras horas o días de permanencia, el diálogo se transforma, y cuando se introduce un gesto —una presencia o una memoria nunca explícita— el sentido vuelve a cambiar. El paisaje, y también yo, somos, de este modo, proceso. Conocer es cambiar junto con aquello que se conoce.
En algunos de esos lugares dejo discretamente parte de las cenizas de Cristina como acto de integración en el que el cuerpo incinerado vuelve a la tierra, pasa a ser memoria material y el paisaje se convierte, de facto, en un espacio habitado. Son signos casi invisibles de los que solo una mirada atenta se percata. Porque la película no lo dice, solo lo sugiere a través de efectos sutiles en la edición que el espectador, de forma inconsciente, percibe. Es un conocimiento que se descubre, no se impone.
Esta forma de relacionarme con el mundo tiene una raíz fenomenológica, pero también teológica en un sentido muy particular. Hablamos mucho del concepto de Dios como algo cambiante, dialéctico, como sucesión de dudas y preguntas y Aufhebung siempre generadora donde cada momento supera al anterior conservándolo en un proceso de síntesis que nunca es definitivo. En él, la experiencia precede a la explicación, el sentido emerge del encuentro y la realidad se transforma y nos transforma. La fe, así entendida, es la capacidad siempre latente de dejarse seducir por lo que aparece.
Cristina comprendía esto desde la teoría, yo lo vivía desde la práctica y nuestro encuentro fue, para ambos, coincidencia de pensamiento y experiencia. Ella encontró encarnadas esas ideas que había trabajado en los libros y yo una interlocutora que daba forma conceptual a mi intuición. La relación, en ese punto, se desarrolló siempre siguiendo la misma lógica erótica: acercamiento lento, juego, tensión, entrega, encuentro en todo momento, nunca posesión.
Ese modelo es el que traslado a mi cine: paisajes que no quieren ser poseídos y exigen recorrido para que el espectador deba habitarlos en lugar de consumirlos. La película ofrece una serie de espacios donde el tiempo, la materia y la memoria dialogan con ritmos distintos —geológico, humano, atmosférico— que convergen en un mismo instante descentrando al ser humano, transformándolo en un elemento más del paisaje como una piedra o una nube.
Mi ontología como creador surge de esta erótica de la vida y de la mirada: el mundo como presencia en transformación y la memoria como proceso vivo. El conocimiento es aquí proximidad y el arte, lejos de imponer significados, deviene espacio donde algo puede aparecer sin cerrarse. El espectador debe habitar sin ansia de poseer, tiene que aproximarse y dejar que el sentido se despliegue en el tiempo como un juego.
Esa es la metodología —también la estética— que muestra gratitud hacia los encuentros que la vida ofrece reconociéndolos y permitiendo que desplieguen toda su capacidad de seducción.