✎ Por Nacho Luque
La fenomenología del tiempo en el viaje no habla de viajar. Habla de cómo se deforma el tiempo cuando el cuerpo se desplaza y la mente se desancla, de qué le pasa al ahora cuando no hay rutina que lo sostenga y el pasado deja de ser pasado, el futuro deja de ser proyecto y todo se convierte en una especie de presente espeso y dilatado, casi místico.
En un viaje largo pasan tres cosas muy raras con el tiempo:
El tiempo deja de ser productivo. No sirve para nada. No avanza. Simplemente ocurre, y eso ya es subversivo en una cultura donde el tiempo siempre tiene que rendir cuentas.
En segundo lugar, el tiempo se vuelve corporal, no se mide con relojes sino con cansancio, hambre, luz, frío, dolor de piernas, latidos. Es tiempo que se vive, no abstracto.
Por fin, el tiempo se vuelve interior. Empiezas a vivir en una especie de bucle donde memoria, imaginación y percepción se mezclan y no sabes bien si estás recordando, deseando o, simplemente, estando. Este es el tiempo del duelo por del amor perdido, el del pensamiento obsesivo. Un tiempo sin flecha.
El viaje, en mi caso, no es desplazamiento espacial, es una estrategia para habitar el tiempo de otra manera y escapar del tiempo social, del productivo y lineal, para entrar en un tiempo fenomenológico, o sea, subjetivo, denso, silencioso, sin testigos. Lo que estoy estudiando ahí no es el viaje, sino qué le pasa al ser humano cuando deja de vivir en el tiempo de los otros.
En condiciones normales no vivimos en el tiempo, sino en el tiempo social, que se articula en horarios, agendas, plazos, productividad, promesas, expectativas, etc. Es un tiempo externo y normativo que no nace de la experiencia sino de la organización colectiva. Ese tiempo no lo sentimos, lo obedecemos.
El viaje rompe eso de raíz. No porque no haya relojes, sino porque éstos dejan de mandar, ya no te dice lo que tienes que ser, sino lo que te está pasando. Esto es clave porque, de este modo, el viaje libera estructura temporal, no espacio, que es lo que, en el viaje, deja de importar. El viaje suspende la narrativa social del progreso al no dirigirse hacia nada reconocible como mejorar, acumular u optimizar. En ese tiempo simplemente duras.
Fenomenológicamente, eso es una regresión a un tiempo pre-social anterior al proyecto, al rol asumido, a la identidad., es un tiempo sin biografía.
En la vida ordinaria el tiempo es matemático. Horas, días, años es algo homogéneo que deviene vacío: da igual qué pase dentro, una hora es siempre una hora.
Sin embargo, en el viaje el tiempo se vuelve cualitativo, una hora de frío no equivale a una hora de sol, un día de espera no equivale a un día de movimiento o una noche de soledad no equivale a una noche de deseo, y por eso el tiempo deja de ser cantidad y se convierte en intensidad. Ese tiempo no se mide con relojes, sino con cansancio, hambre, dolor, placer, silencio, latido. Es tiempo fisiológico, casi animal, tiempo que no pasa por la cabeza sino por el cuerpo. Eso significa que el sujeto vuelve a ser organismo antes que persona. No tienes tiempo, eres tiempo.
La modernidad vive obsesionada con la flecha del tiempo, con el pasado, el presente y el futuro; con la memoria, la acción y el proyecto. Pero el viaje largo rompe esa flecha, y entonces empiezan a pasar cosas raras, recuerdas con más intensidad que antes e imaginas sin que tenga eso un sentido práctico; en realidad estás sin saber muy bien para qué, y se produce una especie de tiempo circular o suspendido donde el pasado vuelve como presencia, el futuro pierde contenido y el presente se espesa.
Esto es exactamente el tiempo del duelo, del amor perdido, de la obsesión, del pensamiento existencial; un tiempo sin progreso, sin resolución, sin antes y sin después donde el sujeto deja de vivir en una narrativa y empieza a vivir en un campo de conciencia sin historia, en el cual sólo hay estado.
El viaje no es experiencia, es dispositivo ontológico, y sirve para desactivar el modo estándar de ser-en-el-mundo.
Heidegger diría: en la vida normal estás en el «uno» (das Man), en el viaje estás en el «sí mismo» (Eigentlichkeit).
Yo lo vivo así: salgo del ruido, del mercado simbólico, de la exposición, del rol, del deseo del otro, y entro en el silencio, en el cuerpo, en la memoria, la soledad y la presencia. No es turismo, sino algo que se parece a un ascetismo temporal. No busco lugares, más bien otro régimen de existencia.
El viaje crea exactamente el único tiempo donde el duelo real puede existir, un tiempo sin exigencia de superación.
En el tiempo social el duelo molesta, ya ha pasado un año, tienes que rehacer tu vida, no te quedes ahí., pero en el tiempo fenomenológico del viaje no hay un ya ni un deberías, porque no hay después, solo presencia de lo ausente. De este modo, y en mi caso, Cristina no es recuerdo, se convierte en modo de estar en el tiempo. Ella no está en el pasado, la encuentro en el espesor del presente; y eso solo puede vivirse en un tiempo no productivo, no narrativo, no social; o sea, en el tiempo del viaje.
El viaje no sirve para conocer el mundo, sirve para desmontar la forma social del tiempo y habitar un tiempo propio, corporal, silencioso, circular, donde el sujeto deja de ser proyecto y vuelve a ser existencia.
Viajar no es escapismo, no es huida ni romanticismo. Viajar se constituye en una forma de insurrección temporal que se niega a la sobreexposición, a la narrativa social, al mercado afectivo y al progreso emocional obligatorio. Es una decisión ontológica en la que elijo en qué tipo de tiempo quiero existir.
Yo no quiero vivir en el tiempo de los otros, sino en el único donde Cristina todavía puede existir, en el tiempo sin reloj.
Y lo que opine el mundo me trae sin cuidado.