Eros
No es una intuición romántica, más bien es antropología: antes que dioses hubo cuerpos, antes que dogmas, deseo, y antes que sentido estaba la atracción.
La religión ha intentado administrar el eros, el poder ha intentado domesticarlo y la moral ha intentado culpabilizarlo. Ninguno lo ha creado, todos llegan después, como capas de control sobre algo que ya estaba ahí, ardiendo.
Si miramos la historia sin el filtro teológico, vemos que el arte, la política, la guerra, la filosofía o la técnica nacen del deseo. Siempre es el mismo motor con distintos disfraces.
Platón lo sabía. «El Banquete» es un tratado sobre metafísica camuflado de cena erótica. Freud lo sabía: toda cultura es una gestión colectiva de la libido. Y también Bataille lo sabía: sin transgresión erótica no hay experiencia de lo sagrado. Yo lo formulo desde otro lugar: sin eros no hay recuerdo, ni obra, ni viaje, ni duelo que se transforme en algo vivo.
La religión promete trascendencia, el erotismo la produce; la religión habla del más allá, el erotismo nos saca de nosotros aquí y ahora.
Pero hay algo todavía más brutal: el erotismo no necesita creer en nada, funciona incluso cuando todo sentido se ha derrumbado. Cuando no hay Dios, ni proyecto, ni esperanza, ni explicación… el deseo sigue ahí, insistiendo como último resto de vida. Porque no depende de un sistema simbólico previo, sino que es anterior a cualquier sistema.
Cuando todo se rompe —la muerte, la pérdida, el vacío— lo que no se extingue es el eros. Cambia de forma, se vuelve memoria, mirada, escritura, pero sigue empujando. No me salva ni me consuela, no me explica nada; sólo me mantiene en movimiento. Eso, al final, es exactamente lo que ha hecho siempre con la humanidad, no darle sentido al mundo, sino impedir que se quede inmóvil.