Campamentos, nidos
El campamento tiene una característica muy particular: se construye sabiendo que va a desaparecer, es, al mismo tiempo, hogar y ruina sin escombro.
Nada permanece, todo se transforma, pero aun así los seres construyen refugios, vínculos y formas de estar en el mundo.
Un colchón abandonado junto a una carretera puede parecer un objeto insignificante, pero contiene casi una cosmología entera.
El colchón que siempre aparece en las evacuaciones es revelador. Cuando una casa desaparece, o amenaza con desaparecer, la gente no siempre salva primero los objetos más valiosos económicamente, muchas veces salva aquello que materializa la posibilidad de seguir habitando el mundo. Un colchón es eso, no es sólo un objeto, es una promesa mínima de continuidad; si consigues llevarte el colchón, todavía puedes dormir, y si todavía puedes dormir, todavía puedes recomponer una vida.
Por eso aparece una y otra vez en fotografías de inundaciones, guerras, incendios o desahucios como un arquetipo visual.
Al señalar un lugar en la carretera y decir «allí dormí una vez» ocurre algo extraño. El campamento ya no existe, de él no queda nada, ni la tienda, ni la cena, ni la noche, ni la conversación, ni el sueño. Sin embargo, para mí, ese lugar sigue siendo un hogar fósil, como las ruinas de una ciudad antigua. Donde alguien ve una cuneta, un descampado, un pinar o una curva cualquiera, yo veo una habitación.
Normalmente entendemos las ruinas como restos materiales de algo que existió, pero los campamentos funcionan al revés. No dejan restos, la ruina es mental, memoria. Quizá por eso tienen algo tan conmovedor. Una casa abandonada conserva paredes, pero un campamento desaparece por completo al amanecer. Es una arquitectura que se destruye voluntariamente todos los días y, aun así, años después, sigo reconociendo esos lugares. Es coexistencia entre permanencia y cambio.
El campamento es efímero en términos materiales, pero puede ser extraordinariamente duradero en términos afectivos. Duró una noche, pero permanece veinte años.
Tal vez ahí esté una de las razones por las que los colchones son, en mi caso, objeto artístico, porque contienen simultáneamente refugio, intimidad, vulnerabilidad, nacimiento, enfermedad, deseo, muerte, memoria y desplazamiento. No son simplemente objetos del descanso, son dispositivos para habitar la incertidumbre, y eso describe bastante bien lo que es vivir en la carretera durante años. No conquistar el espacio ni atravesarlo, sino aprender a construir hogares provisionales dentro de algo que nunca deja de moverse.
Junio de 2019 (revisado en junio de 2026)