La luz última
Nacho Luque
Nacho Luque
Son las nueve de la tarde y aún hay luz. Esa luz blanca que queda cuando el Sol se ha metido tiene algo muy particular, ya no es la luz del día porque el Sol ha desaparecido, pero tampoco es la noche. Las sombras dejan de tener bordes definidos, los colores empiezan a retirarse poco a poco, los blancos se vuelven plateados y, durante unos minutos, todo parece quedarse suspendido.
Siempre me ha parecido una luz honesta. La luz del mediodía exhibe las cosas, la de la tarde las embellece, pero esa luz que queda después de la puesta de sol simplemente las deja estar sin dramatismo, sin espectáculo. Solo ahí, presentes.
Es una luz de transición: ni una cosa ni la otra, un «entre».
Ahora mismo el paisaje está entrando poco a poco en ese momento en el que deja de ser completamente visible pero todavía no se ha vuelto invisible. El mundo afloja como si también él terminara la jornada.
Miro esa luz simplemente porque dura poco y porque, cuando desaparece, sé que no volverá igual hasta mañana.
No es la luz del acontecimiento, sino la penumbra del tránsito, la luz de lo que está dejando de ser una cosa y todavía no es la siguiente. Entre loup et chien es el instante en que las formas todavía siguen siendo visibles pero no completamente reconocibles. No es exactamente día ni exactamente noche, es un umbral que habla de la pérdida de certeza: durante el día sabes qué estás viendo, durante la noche dudas de lo que ves. Entre lobo y perro es una zona intermedia donde el mundo empieza a volverse ambiguo.
Entre loup et chien no es un acontecimiento astronómico ni describe un lugar; es más bien una transición, un territorio donde las categorías empiezan a perder nitidez, como dos siluetas que empiezan a confundirse cuando la luz se retira y parecen regresar a casa al atardecer por un camino. Pero entre loup et chien no habla de llegar, ni de partir; habla de permanecer un instante en el umbral justo antes de que el gris termine de convertirse en noche.