✎ Por Nacho Luque
Hay dos formas de relacionarse con lo infinito. Una intenta agotarlo, quiere visitar todos los países, leer todos los libros o acumular kilómetros como quien acumula pruebas de haber estado vivo. La otra acepta que lo infinito es, precisamente, aquello que nunca se agota, y entonces cambia la pregunta, en lugar de cuánto ha visto o dónde ha estado se pregunta cómo ha estado donde estaba.
Hacer listas es signo de futuro planificado, y menta la muerte fijando sucesos. Hay viajeros que coleccionan pasaportes y kilómetros durante medio siglo sin pensar, quizá, que la suma nunca iba a alcanzar al mundo. Las partes nunca alcanzan el todo, pero lo evocan. Nunca he escrito listas con los lugares en los que he estado, pero recuerdo unos segundos de calor insoportable: dos cuerpos tumbados como estrellas de mar, una broma sobre Anaxímenes y Heráclito, una risa horizontal, que hasta el rosa de sus braguitas le daba calor y los grillos desgarrando el silencio en esa noche estival. Dentro de veinte años seguiré recordando todo con una nitidez que ningún relato podría conservar.
Por eso una biblioteca no debería construirse como un almacén sino como un mapa. Primero el manual, después el apunte propio. Solo entonces la fuente ya no es un texto extraño, sino una conversación que uno reconoce. Saltar de un autor a otro es recorrer un edificio con muchas puertas, una trama de pasillos donde cada concepto es umbral por el que entro y salgo para entender la pregunta que me asalte ese día.
Lo mío, mi viaje, nunca fue solo sobre objetos oxidados ni sobre la bicicleta, los animales muertos o infrapaisajes. Eso eran modos de mirar, de arrancar las cosas de su categoría para cuestionar qué eran. Con los libros, igual, no los leo para acumular autores, sino porque el montaje de un plano en una película plantea un problema que está esperando ser nombrado.
Hay una paradoja en todo esto que ahora veo: Anarjé es la ausencia de un principio único y, cuanto más avanzo, más parece un gesto que organiza, en silencio, todo lo demás: detenerse. Ante una lata, ante un fragmento de Heráclito o ante un remolino en un río; también ante una pregunta sobre el alma. Detenerse no es principio metafísico, es disposición, la única coherencia que necesito. Frenar no es renunciar al mundo, es elegir otra forma de infinitud que deja que algo acontezca sin intentar poseerlo.
Sé que nunca veré la cara oculta de la Luna, y no necesito verla. No necesito verlo todo, me basta con imaginarlo. Esa es la condición que hace posible seguir sintiendo curiosidad.