En esa dialéctica se instala mi mirada. Cada puerta fotografiada es la huella de un lugar que decidió permanecer, una elección de quietud frente al flujo. Pero el viajero, por naturaleza, vive fuera de esas delimitaciones, no tiene puertas porque su morada es lo liminal, el camino mismo, la línea que une y no la que encierra. La puerta, entonces y más que otra cosa, se convierte para mí en un signo de lo que he dejado atrás, una pausa que otros habitan mientras yo sigo avanzando.
El campamento, en cambio, representa el reverso exacto de esa permanencia, es la arquitectura efímera del tránsito, un espacio donde el cuerpo descansa pero no se arraiga y donde cada objeto contiene ya la semilla de su partida. Frente a la puerta que separa, el campamento no divide, apenas marca una tregua entre un viaje y otro. Si la puerta define el adentro y el afuera, el cam- pamento disuelve esa frontera, es una morada que se levanta en diálogo con el entorno y no en oposición a él. Su fragilidad lo hace honesto: no pretende durar, y en esa conciencia de su propia caducidad reside una forma de sabidu- ría. Quien acampa sabe que nada es definitivo, que toda esa estructura es un paréntesis en el movimiento perpetuo del mundo.