MADRE CARRETERA
✎ Por Cristina Armendáriz
✎ Por Cristina Armendáriz
Vivir en la carretera es, en esencia, una expresión de la búsqueda filosófica de la libertad y la autenticidad. Es un rechazo consciente de las estructuras y normas sociales que tienden a domesticar la existencia humana confinándola en rutinas predecibles y roles definidos. En la carretera, cada día es una página en blanco, un lienzo donde se pintan las experiencias del presente sin las cadenas del pasado ni las expectativas del futuro, un acto de rebeldía contra el tiempo estructurado y una afirmación de la vida como flujo constante y cambio perpetuo.
Esta elección también puede entenderse como una forma de cinismo filosófico [1], donde la ausencia de un hogar fijo o un destino final no se percibe como carencia, sino como liberación. Al abandonar la necesidad de pertenencia a un lugar o a una identidad establecida se abre un espacio para la creación continua de uno mismo. La carretera, así, se convierte en un espejo que refleja no sólo el mundo exterior en constante cambio, sino también el dinamismo interno del ser, que nunca es fijo ni concluido.
Desde una perspectiva existencialista, vivir en la carretera es un recordatorio de que la vida misma es una travesía, un viaje sin destino predeterminado. Ese existir abraza la contingencia y la incertidumbre como condiciones inherentes de la libertad. En el camino se revela la verdad de que lo importante no es llegar, sino vivir plenamente cada momento del viaje en una danza perpetua con la impermanencia y la posibilidad.
En mi viaje, la carretera no tiene ningún interés en agradarme o en adaptarse a mis expectativas, el asfalto sigue su curso y todo le es indiferente. No hay narrativa diseñada para hacerme sentir cómodo, tan sólo la crudeza de lo que encuentro y lo que decido llevar conmigo: la basura, que no encuentra lugar en el mundo. En ese sentido, la ruta es un terreno neutral donde las cosas sólo son.
Si el viaje es un proceso continuo de despojo, también es una manera de construir la esencia de cada uno. En mi caso lo hago a partir de verdades incómodas y con la belleza que existe en lo que otros prefieren no mirar. Mis carreteras son una mirada nostálgica hacia un paisaje que no atrae la mirada normal pero que yo convierto en tablero donde participo en un particular Juego de la Oca, y mis objetos deteriorados o animales atropellados, una metáfora de la nueva vida que otorgo a lo abandonado.
Pero el viaje también es una experiencia que va más allá de lo físico. Si bien mi cuerpo es el motor que me impulsa a lo largo de la ruta, lo que pretendo construir es una narrativa que hable de quién soy y cómo percibo el mundo, de cómo me transformo frente a lo efímero o lo accidental y de lo crudo de la existencia. Cada kilómetro recorrido forma parte de una búsqueda que me permite comprender algo más profundo: mi lugar en el mundo y la forma en que mis experiencias contribuyen a mi propia historia.
Como ser humano, me encuentro atrapado en una paradoja constante entre el cuerpo (la materia) y su conciencia de trascendencia (el alma). Es esa tensión lo que me impulsa a crear arte dando sentido a lo que parece carente él. En esa dualidad de vivir con un pie en lo material y otro en lo espiritual, mi viaje y mi obra son una forma de explorar ese delicado equilibrio entre la crudeza de la materia y la necesidad existencial de trascender.
En mi obra esa paradoja está siempre presente, mis objetos encontrados y resignificados, o el homenaje que llevo a cabo fotografiando animales muertos, simbolizan el alma y un nuevo sentido de la existencia reforzando esa tensión entre la brutalidad de la vida y la posibilidad de trascenderla. Los objetos oxidados, en mi arte, devienen símbolos de esperanza o luz en medio de la oscuridad, sugiriendo que existe la posibilidad de algo más allá del final; la mirada que dedico a todas esas que han sido arrancadas en un accidente, un intento de dignificación.
Junto a estos dos asuntos, mis fotografías de lugares de paso se pueden interpretar como un puente hacia algo más trascendental; son una reflexión sobre la muerte, el olvido y mi propia humanidad. La inclusión de la carretera añade otra capa de interpretación: la carretera como lugar de tránsito simboliza el paso del tiempo y las decisiones humanas que conducen a estos abandonos, un puente de la vida a la muerte o de la muerte a un renacimiento.
Mi interpretación de la carretera no es sólo como un espacio físico, sino también como cruce entre el mundo natural y el artificial, un territorio liminar donde los seres que vivimos en ella estamos atrapados en una existencia intermedia entre lo celestial (un ideal de trascendencia) y lo terrenal (un espacio marcado por la fatalidad). El viajero en ruta se sitúa en ese espacio, transitando entre mundos, reflexionando sobre el sufrimiento y la fugacidad de la vida. La paradoja es tanto visual como filosófica: la carretera, lejos de ser sólo una infraestructura para el transporte, se convierte en un espacio donde memoria y olvido conviven constantemente, y algo fronterizo se puede entender en este espacio a partir de la constante transgresión y transición.
La carretera no pertenece completamente a ninguno de los dos mundos que conecta, vida y muerte; no es la naturaleza plena, pero tampoco es completamente un espacio urbano o civilizado. La carretera es un límite que separa pero, al mismo tiempo, une; una frontera entre caos y orden, entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser.
La carretera también se convierte en el punto de colisión entre pasado y futuro, haciendo que el presente se torne en algo casi dolorosamente real. En este sentido, la carretera es también un símbolo existencial, donde nuestras vidas y nuestras expectativas se encuentran de bruces con el presente, la única verdad en la que vivimos aunque no siempre estemos preparados para afrontarlo.
La carretera no sólo construye, también destruye. Al estar constantemente proyectada hacia un futuro inalcanzable, el proceso mismo de transitarla puede disolver las ideas preconcebidas y las expectativas en una forma de transformación emocional, psicológica y filosófica. Es un lugar donde te pierdes, pero quizás también donde te encuentras, potencial para ser un espacio de construcción, pero también un lugar de desmoronamiento personal y toma de contacto con los límites de mi propia existencia.
La carretera, una vez más, se convierte en un espacio de dualidades. Por un lado, es un lugar de violencia, donde los anhelos pueden no cumplirse, y por otro es un espacio de potencial riesgo donde la esperanza de alcanzar la trascendencia hace que el viaje sea digno. La posibilidad de alcanzar algo más grande, aunque sea incierta y peligrosa, justifica el acto de recorrerla y el riesgo de cruzarla para seguir adelante. Este enfoque, donde la búsqueda está implícita pero se deja abierta a la interpretación del espectador, consigue que éste, al conectar con el de los objetos y cadáveres que muestro, podría hacer entender que el viaje mismo —con sus momentos de crueldad y sus destellos de esperanza— es lo que realmente importa, porque es el proceso el que da sentido a la existencia sin tener en cuenta la existencia de un destino final.
El viaje, en su esencia más profunda, es un encuentro con la alteridad. Al cruzar fronteras, ya sean geográficas o culturales, el viajero se enfrenta a lo desconocido, a formas de vida que desafían sus propias concepciones del mundo. Cada paso en tierra ajena es una inmersión en otras costumbres, lenguajes y paisajes donde la alteridad se manifiesta como un espejo que refleja tanto las diferencias como las similitudes de la humanidad.
La alteridad, en el contexto del viaje, es una invitación a salir del yo para descubrir al otro. Es en la interacción con lo diferente cuando el viajero se ve obligado a cuestionar sus propias verdades y prejuicios. Este encuentro, a menudo cargado de asombro y curiosidad, se convierte en una lección de humildad, recordando que lo familiar no es universal y que hay infinitas maneras de habitar el mundo. El viaje, entonces, no sólo transforma al entorno sino al propio viajero, quien regresa a su hogar con una visión ampliada y una comprensión más profunda de la diversidad humana.
La alteridad, lejos de ser una barrera, se convierte en un puente que une realidades dispares fomentando el diálogo y la empatía. A través del viaje, el otro deja de ser una abstracción para convertirse en una presencia tangible y enriquecedora.
En última instancia, el viaje y la alteridad son experiencias que desafían las nociones estáticas de identidad. En el encuentro con lo otro, el viajero se reconfigura comprendiendo que su identidad es, en parte, un mosaico construido a través de sus interacciones con el mundo. Viajar es, entonces, un acto de expansión personal donde la alteridad no es solamente una experiencia externa, sino un proceso interno de constante aprendizaje y transformación.
La carretera no es unicamente un lugar de tránsito, también es un símbolo de la vida misma, un trayecto lineal en el que las experiencias, los encuentros y las pérdidas se suceden de forma inevitable y, a menudo, aleatoria. En este contexto, vida y muerte son opuestos inseparables y el azar su principio rector.
En mi trabajo, lo fronterizo puede estar no sólo en el espacio físico, sino en la percepción misma de la realidad. Los animales atropellados, y también mis objetos encontrados, al estar en ese espacio de tránsito, parecen estar en un “entre” que no les corresponde: ni vivos ni muertos, sino atrapados en la periferia de una existencia breve y abrupta. Éste es el espacio liminar por excelencia, porque no es un lugar claro, sino un umbral, una transición rápida e incierta. La carretera, al ser un lugar en el que los seres humanos también transitan, invita a cuestionar si somos realmente conscientes de este espacio liminar o si simplemente lo cruzamos sin pensarlo y ajenos a las consecuencias que crea para los seres vulnerables.
Así que el concepto de lo fronterizo aparece en cómo la carretera no es ni cielo ni tierra, ni vida ni muerte, sino un espacio ambiguo donde todo puede suceder y donde las decisiones humanas (velocidad, indiferencia) alteran el destino de quienes están en su camino. Este “entre” se refleja en las imágenes de animales atropellados, que parecen ocupar una zona de tránsito, un límite de sus propios destinos con un posible final trágico.
Al entender la carretera como el espacio que une lo conocido (el pasado) y lo anhelado (el futuro), ésta se convierte en un símbolo de la verdad presente, en la que estamos viviendo. La carretera es ese lugar constante de tránsito entre lo que fue y lo que podría ser, y al mismo tiempo, es lo único concreto y tangible, lo único que realmente experimentamos en ese momento.
La inclusión de la carretera en el contexto de «Tesoros de arcén» y de «The wrong side of heaven» añade otra capa de interpretación como lugar de tránsito, y simboliza el paso del tiempo y las decisiones humanas que conducen a estos accidentes. En mi trabajo no es sólo un espacio físico, sino un cruce entre el mundo natural y el artificial, entre la vida y la muerte. Es un lugar de paso, pero también de violencia, donde los animales no tienen opción frente a la rapidez de los vehículos y las decisiones humanas.
Al relacionarlo con el concepto de “el lado equivocado del cielo” estoy señalando cómo la carretera representa un territorio liminar, donde los seres vivos (ya sean humanos o animales) están atrapados en una existencia entre lo celestial (un ideal de libertad o armonía natural) y lo terrenal (un espacio de tránsito que a menudo está marcado por la fatalidad). Cuando estoy en la carretera yo también me sitúo en ese espacio de transito entre mundos, reflexionando sobre el sufrimiento y la fugacidad de la vida tanto para los animales como para las personas. Es esto una paradoja visual y filosófica donde la carretera, lejos de ser sólo un lugar de transporte, se convierte en un espacio donde la vida y la muerte conviven constantemente.
Lo fronterizo, en el espacio liminal de la carretera, se puede entender como un lugar de constante transgresión y transición que no pertenece completamente a ninguno de los dos mundos que conecta: no es la naturaleza plena, pero tampoco un espacio urbano o civilizado. La carretera es un punto de cruce, un límite que separa pero, al mismo tiempo, une; una frontera entre el caos y el orden, entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser.
La conexión entre el viajero y su bicicleta trasciende lo meramente físico, arraigándose en una dimensión filosófica donde el acto de pedalear se convierte en metáfora de un viaje existencial. La bicicleta, en su simplicidad, simboliza la autonomía del ser recordándole al viajero que el movimiento hacia adelante depende de su propio esfuerzo y voluntad. Cada giro de la rueda es una afirmación de la libertad inherente del individuo, una manifestación tangible de la capacidad humana para trazar su propio destino en un mundo lleno de incertidumbre.
El viajero, subido a su bicicleta, entra en una comunión con el tiempo y el espacio que lo rodea. La velocidad moderada y la ausencia de barreras mecánicas permiten una percepción más pura y directa del entorno, convirtiendo el trayecto en un diálogo constante con el paisaje. En este sentido, la bicicleta se transforma en un símbolo de la búsqueda de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, un recordatorio de la necesidad de armonizarse con el mundo en lugar de dominarlo.
La relación con la bicicleta también evoca el principio de la frugalidad y la autosuficiencia. El viajero aprende a confiar en lo esencial, a valorar la simplicidad de una máquina impulsada por su propia energía, desechando las comodidades superfluas. Esta práctica de autolimitación y disciplina no sólo refuerza el carácter del viajero, sino que también lo confronta con la realidad de sus propias limitaciones despojándolo de las ilusiones del control total y acercándolo a una aceptación más humilde de su lugar en el universo.
El viaje en bicicleta se convierte en una meditación en movimiento donde cada pedalada es un ritmo que acompasa el pensamiento y la reflexión. En el silencio de la travesía el viajero encuentra un espacio para la introspección donde las preocupaciones cotidianas se desvanecen y surge una conciencia más profunda de sí mismo y de su relación con el mundo. La bicicleta, en este sentido, no es sólo un medio de transporte, sino un vehículo hacia una comprensión más plena de la existencia y del continuo devenir que caracteriza la vida.
Los animales que fotografío, así como objetos oxidados que recojo, son vulnerables, han sido golpeados, desgastados, aplastados y, al fin, olvidados. Esa vulnerabilidad también contiene una belleza profunda, casi espiritual. La muerte, como la oxidación o el desgaste del tiempo, es parte de un ciclo inevitable, y mi obra invita a reflexionar sobre esa transitoriedad y a encontrar sentido, quizá la ausencia de éste, en ella.
Como experiencia existencial, el viaje no es sólo físico, sino que también es un proceso de construcción personal y filosófica. Al convivir con la vida y la muerte en la carretera, reflexiono constantemente sobre mi propia mortalidad y las conexiones entre los hechos que experimento. El destino final (si es que existiese) no es lo importante, sino que es el trayecto, con todas sus luces y sombras, lo que define quién soy y cómo entiendo el mundo. Mi viaje, además, es un intento de preservar lo que veo y siento antes de que el tiempo borre los detalles. En este sentido, el viaje no es sólo hacia afuera, sino también hacia adentro.
Al rechazar la narrativa del viaje como un producto turístico idealizado, creo estar construyendo una visión del camino que es mucho más sincera, cruda y significativa: lo que capturo no es sólo el mundo exterior, sino también una proyección de mis reflexiones internas.
El hecho de que mis fotografías y objetos estén recogidos en ruta refuerza la conexión entre mi experiencia como viajero y la exploración filosófica que llevo a cabo. En una época donde el viaje se comercializa como una experiencia consumible, busco un enfoque que rompa con esta narrativa y planteo la ruta como verdad; no muestro sólo los momentos de belleza o triunfo, sino también los rastros de lo que se pierde, se olvida o se sacrifica en el camino. Esto convierte mi viaje en algo visceral, auténtico y humano, posicionándome frontalmente contra la visión instagrameable de éste y rechazando frontalmente la superficialidad de las imágenes diseñadas para agradar en redes sociales. Mi obra, por tanto, no busca validación, sino una conexión más profunda con la realidad, incluso si esto incomoda.
Fotografiar en la ruta también sugiere que no hay separación clara entre vida y muerte, entre el viaje y el destino o entre el viajero y lo que encuentra en el camino. Todo forma parte de un flujo continuo y conectado, incluso si esas conexiones no son inmediatamente evidentes. La ruta, con todo lo que ofrece y quita, se convierte en ese espejo implacable que te obliga a analizarte a ti mismo y al mundo tal como es, sin adornos ni capas que suavicen las aristas de la existencia.
Así, viajar supone experimentar la vida en crudo, sin excusas y sin aspavientos, aceptándola y comprendiéndola tal y como se ofrece.
El Cinismo es una corriente filosófica de la antigua Grecia que sostiene que la virtud y la felicidad se alcanzan viviendo de acuerdo con la naturaleza y rechazando las convenciones sociales artificiales. Los cínicos consideraban que la mayoría de los deseos humanos —como la riqueza, el poder, la fama o el placer— son superfluos y obstaculizan la verdadera libertad del individuo. Propugnaban una vida de autosuficiencia radical (autarquía), despreciando las normas de decoro, las posesiones materiales y las estructuras políticas establecidas. Para ellos, la sabiduría consistía en liberarse de toda dependencia externa mediante el autocontrol y la indiferencia hacia las opiniones ajenas, viviendo con total franqueza (parresía) y demostrando con el ejemplo que la felicidad no requiere de los bienes que la sociedad valora. En esencia, el Cinismo es una filosofía práctica y provocadora que busca la liberación humana a través del despojamiento y el retorno a lo esencial.