TESOROS DE ARCÉN
✎ Por Cristina Armendáriz
✎ Por Cristina Armendáriz
«Tesoros de arcén» es una invitación a la vida mirando más allá de la superficie, a detenernos frente a lo que parece insignificante y descubrir su poesía, a encontrar una justificación para esta serie de objetos, a ver belleza en el óxido, en las marcas, en las cicatrices que dejan el tiempo y el clima en los objetos. Mi trabajo con la basura existe con la intención de dar nuevo significado —nueva vida— a lo abandonado. Cada objeto enmarcado es una pieza con un nuevo valor que nunca más podrá ser entendida como basura.
El concepto japonés de wabi-sabi describe una forma de entender enfocada en encontrar la belleza dentro de las imperfecciones del mundo. Esta forma de ver me ha ayudado a encontrar una justificación para esta serie de objetos, a ver belleza en el óxido, en las marcas, en las cicatrices que deja el tiempo y el clima en ellos como si fuesen seres vivos. Mi obra es una invitación a mirar más allá de la superficie, a detenernos frente a lo que parece insignificante y descubrir su poesía asumiendo que nada dura para siempre y que nada es perfecto.
Los objetos oxidados encierran lo efímero de la vida y de los materiales, lo bello que emerge de lo descartado y lo trágico que subyace en su aspecto. Los objetos, y las fotografías, no sólo capturan un momento, encierran también un reflejo visual de esa dualidad constante del viaje y de la existencia misma. Muestran que incluso en lo más desolador, como una lata corroída, hay una estética que conecta con emociones profundas como la pérdida, la fragilidad y el paso inexorable del tiempo.
El óxido, la memoria visible del paso del tiempo sobre un objeto, es una escritura que el tiempo deja en la superficie como si cada capa de corrosión fuera un capítulo de una historia. Estos objetos, encontrados al margen de las carreteras, se convierten en testigos de un abandono lento y de una transformación constante al estar expuestos al viento, la lluvia, el sol y el olvido. La superficie corroída es un registro tangible de su interacción con el mundo de la misma manera que las cicatrices son el testimonio de las experiencias vividas en mi propio cuerpo. Así como mi viaje me transforma y deja marcas, estos objetos también llevan consigo el rastro de la transformación del tiempo.
A menudo asociado al fin de la utilidad o al descuido, el óxido posee una belleza intrínseca que surge de su imperfección. Bajo una mirada atenta, sus texturas y colores revelan paisajes abstractos, universos microscópicos llenos de matices inesperados. Las superficies, en su complejidad, nos recuerdan que el deterioro no es el fin, sino una transformación que lleva consigo su propia estética. En contraste con el brillo pulido de lo nuevo, que deslumbra pero no profundiza, el óxido invita a detenerse, a explorar, a descubrir la narrativa que yace en cada grieta y en cada mancha.
Pero el óxido no es sólo un rastro del tiempo; es también una metáfora de la experiencia y la sabiduría, representa el haber vivido, el haber resistido. En estos objetos corroídos encontramos un espejo de nuestra propia fragilidad y transformación. En un mundo que glorifica lo nuevo y lo impoluto, el óxido nos desafía a mirar más allá de la apariencia, a valorar lo que ha sido moldeado por el tiempo y las circunstancias.
Estos objetos descartados que recojo al borde del camino, en mi obra, se elevan a la categoría de arte no por su brillo, sino por la narrativa que encierran. La presentación sobre fondos neutros enfatiza sus cualidades plásticas a través de sus tonos, forma y texturas, y la complejidad orgánica de su descomposición también los sitúa en un contexto que invita a la reflexión. ¿Qué define el valor de un objeto, su función, su apariencia o la historia que puede contarnos?
La basura, esos fragmentos descartados y olvidados que ensucian el paisaje, actúa como testimonio de la sociedad: una cultura que consume y desecha sin mirar atrás. Más allá de su impacto ecológico, estos objetos poseen una carga simbólica que puede transformarse en una herramienta poderosa para la reflexión.
Resignificar la basura es otorgarle un nuevo propósito, cambiar su narrativa de lo inútil a lo significativo con un nuevo rol. Bajo esta nueva luz, la basura deja de ser desecho y se convierte en testigo del tiempo, del abandono y del cambio; y en una forma de desafiar la percepción convencional descubriendo una sutil capacidad de conmover al espectador.
Resignificar la basura también es un acto ético. En un mundo donde el desecho es la norma, este proceso se convierte en una forma de resistencia que invita al espectador a mirar de nuevo y a reconsiderar su relación con los objetos y el tiempo.
Al igual que los objetos que encuentro en los arcenes, mi propio viaje ocurre al margen. Es en esos bordes, en los espacios que muchos consideran irrelevantes o descartables, donde se desvela una narrativa distinta que escapa a la perfección y abraza lo contingente.
El óxido, con su capacidad para transformar la basura en algo sublime, refleja la esencia de esa vida al borde. Allí, lo olvidado, lo descartado y lo imperfecto encuentran su voz. Cada objeto es un fragmento del paisaje cuya presencia cuenta historias sobre los lugares por donde pasamos, cada lata oxidada, fragmento de metal o residuo encontrado en el arcén es un vestigio de vidas cruzadas, de encuentros fugaces entre lo humano y el entorno. En este sentido, los objetos se convierten en testigos silenciosos de la carretera, en narradores de mi viaje.
Del mismo modo que el viajero es transformado por el tiempo y las experiencias del camino, estos objetos también se ven alterados por las condiciones ambientales a lo largo del tiempo, creando una metáfora directa con la transformación que ocurre en quien emprende un largo viaje. El óxido en el metal son las cicatrices físicas o emocionales que deja el viaje en el cuerpo y el alma del viajero.
El acto de recoger estos objetos en los arcenes añade un significado especial: el viajero no sólo avanza por el camino, sino que interactúa con él. Así, estos fragmentos recogidos no son sólo basura, se convierten en parte del viaje mismo y en extensiones de la narrativa personal del viajero, cada objeto se suma a un mapa emocional y físico del trayecto recorrido.