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Empoderamiento y arroz con cosas

Mira que me da pereza la palabrita por el tufo a lugar común que despide cuando se deja escuchar. Es lo que tienen las modas y los lemas. El empoderamiento es hacer con independencia de criterio, en el ejercicio legítimo de la libertad y sin que importe en absoluto la opinión ajena. Intoxicado por la ideología, el empoderamiento no es libre y, por tanto, no es tal cosa. Así ocurrió en aquella aldea de la estepa castellana mientras desayunaba una mañana nubosa y templada del último verano.

Se lo comentaba a Carlos, un granadino que se movía por España de una forma tan caótica como la mia. Habíamos coincidido aquella mañana buscando un lugar donde poder repostar agua y echar un café y algo más al estómago antes de continuar mi camino. Tan temprano como era, el bar estaba cerrado, y juntos consumimos el tiempo con un cigarro. Mientras tanto me explicó la historia de los mil cachivaches que adornaban los tubos de su bicicleta, algo de su viaje a Italia y, como suele suceder, a los diez minutos parecía que ya nos conocíamos de años. Quizá por esa razón compartimos aquel desayuno, el día completo y su noche.

Compartí con Carlos la historia de una que, recién terminados sus estudios de Magisterio, se interesó por escuelas de enseñanza alternativa y, tras localizar algunas de ellas en el mapa de España, pensó en visitarlas a golpe de pedal. A mí me pareció una idea interesante si tu mundo es la educación, y yo mismo haría ese viaje si la educación alternativa fuese lo mio. Carlos estaba de acuerdo, sobre todo porque la chica se estrenaba en esto de los viajes en bicicleta y España es, en general, un país fácil para empezar en ello y suficientemente amplio como para dedicarle toda una vida. Lo de las escuelas alternativas podría ser sólo un motivo, y creo que no hace falta más para echarse a la carretera y aprender algo más nutritivo que la teoría que pueda uno leer en los libros. Por supuesto, si tuviese la ocasión o se hubiese presentado, habría animado a la chica para que llevase a cabo su idea.

Y animada debía estar porque, según los detalles de la historia, se había comprado ya una bicicleta, una tienda de campaña, un saco de dormir y todos los apechusques que creyó necesarios para la aventura. Pero cuando ya había comprado todo y la ruta estaba diseñada en su cabeza, con toda la ilusión que debía hacerle empezar, se le ocurrió comentárselo a su círculo de amigos más cercanos y a su familia. Error número uno porque, como suele ser habitual, quien no se atreve a algo intenta persuadir a quien pretende hacerlo intoxicándole con sus miedos, dudas y otras zarandajas que terminan dinamitando toda buena intención si no se tiene la personalidad y determinación necesaria. Eso es lo que le debió suceder hasta el punto de que la chiquilla terminó aceptando ese miedo y, según comentó su amigo, había desistido.

Todo lo que aquella chica tenía en la cabeza no era otra cosa que sueños

Enseguida le propuse que nos pusiese en contacto con la simple idea de hablar con ella y reforzar su iniciativa. Mi plan era ponerla en contacto con otras chicas que viajan para que éstas la convenciesen y disipasen esos miedos infundados. Él anotó mi teléfono y, al día siguiente, me aseguró que se lo había dado y que cualquier día ella me llamaría. Yo tenía la seguridad de que, si en un par de días no me había llamado, nunca lo haría. Un mes después sigue sin haberse puesto en contacto conmigo y dudo mucho que lo vaya a hacer.

Es evidente que todo lo que aquella chica tenía en la cabeza no era otra cosa que sueños, término muy de moda en los últimos tiempos que linda con el delirio y parece hermanado con la procrastinación y la pereza. Los sueños, por definición, pertenecen al mundo de lo onírico, de lo irreal, y construyen la fantasía; nacen y viven en la mente y sólo en algunas ocasiones, después de algún sacrificio y grandes dosis de trabajo, podemos convertirlos en hechos, que es lo único que importa. El soñador es un ser delirante que percibe la realidad que le rodea de una forma distorsionada y que actua fuera de la lógica naturalizando lo que nunca ha sucedido como hecho consumado: vivir en un mundo de sueños.

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“Planes, no sueños”. Es lo que propongo: qué hacer, por qué, cuándo, dónde y cómo; caminar en pos de ello con pocas respuestas y nuevas preguntas en la mano y a la vista siempre. Atrévete, decide y actúa. Es la única manera de empoderarse, término postmoderno para denominar el hacerse valer o significar. La sociedad postmoderna, obesa de sueños y falta de personalidad, voluntad y criterio, opta por soñar y no se avergüenza al manifestar su adicción a la comodidad y a volverle la cara a las experiencias reales con una oratoria farragosa que pretende dar peso a sus argumentos. La sociedad postmoderna vive en un mundo que se pudre día a día, pero prefiere taparse la nariz porque piensa que cambiarlo es difícil y porque miran y dependen de todos. Cierto, es practicamente imposible poner de acuerdo a todos para trabajar por un objetivo común, pero no se trata de cambiarlo, sino de escapar de sus tentáculos y experimentar las sensaciones que éste anula en su estado puro: el calor, el frío, la alegría, la plenitud, la soledad, el asco, etc. Es decir, escribir una definición personal y original del mundo desde la verdad vivida. Lo otro no es empoderarse, es, en el más inocente de los casos, una declaración de intenciones intrascendente y la puerta abierta a la frustración, el fracaso de la voluntad y del individuo.

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El empoderamiento exige vencer el miedo a estar solo, a perderte, a improvisar en lo desconocido, a la oscuridad de la noche, a pasar frío o cuando estás desfallecido y piensas en abandonar, y sólo aparece cuando aprendes a no preocuparte, o sea, cuando convives con el miedo y la incertidumbre de un futuro que solamente imaginamos porque aún no existe y confiamos en que el mundo funciona pese a las personas, que siempre terminas encontrándote sin esperarte y te ves descansando, comiendo y durmiendo en un lugar cálido y recogido. A ese estado llegas cuando has decidido no detenerte por nada y librar batalla contra las adversidades, cuando tu vida fluye y aceptas el resultado, cuando sabes extraer de él la valiosa enseñanza que te ofrece, cuando sabes que pagas con tu vida por ello y lo justo es tener las manos llenas, cuando tus recursos se amplían, se enriquecen y ganan en utilidad. Empoderarse significa que todo tu tiempo te pertenece y lo manejas a tu antojo sin intereferencias externas, que eres dueño de tus decisiones y sólo responsable de sus consecuencias, cuando logras subrayar tu nombre en el universo, transpasar un umbral nebuloso o hacer tuyo un pequeño fragmento del suelo que pisas para encontrar tu lugar en ese firmamento que cada noche miras desde tu pequeñez y cuando, después de toda una vida, termines sabiendo quién eres y lo que has aprendido.

Lo otro es arroz con cosas.

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Publicado en Notas

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