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Mejor amigo de hoy

Lejos de las rigideces sociales y de las convenciones civilizadas, de las reglas colectivas y de los hábitos comunitarios, el viajero se codea con un mundo dudoso de gente inclinada a la confidencia, a lo que Heidegger llama palabrería: una especie de decadencia de la palabra, una práctica compensatoria, tal vez, de la angustia generada por el abandono del domicilio y la llegada a un mundo sin referencia.

En ese intercambio de palabras por ellas mismas, que parece haberse convertido en una finalidad y no en un medio de comunicarse, la superficie verbal se impone a la profundidad intelectual. Se cuentan cosas sin importancia, se detallan trozos de existencia, se insiste en fragmentos de vida insípida transformados en momentos álgidos susceptibles de hacernos parecer importantes, esenciales, notables. En la tierra de nadie, la proximidad genera la palabrería y sus objetos predilectos: las peripecias del viaje, las confidencias banales, vagas consideraciones acerca de cómo va el mundo, autobiografía transformada en epopeya.

—M. Onfray.

Si me escuchas decir “formas parte de mi viaje”, es el mejor halago que podría hacerte. No soy de halago fácil, más bien mido mucho a quién y por qué le muestro mis sentimientos, no le abro las puertas de mi vida a cualquiera ni por cualquier razón. Ni siquiera cuando estoy de viaje, durante el cual (y después del cual) se dicen siempre muchas tonterías, regalo mis sentimientos gratis.

La dureza del viaje reside en sobrevivirlo, y esa lucha comienza el día en que hay que volver a transitar los caminos que creías haber dejado atrás, entonces empieza la partida de nuevo, aunque esta vez con el peligro de la exclusión social pendiendo sobre tu cabeza. Esa es la Realidad, con mayúscula, que me enseñó el tuareg: “el nómada siempre vuelve a la tierra que le vio nacer”. ¡A ver lo que te encuentras! añado yo. Ésa es la Realidad: siempre se vuelve. El viaje, bien hecho, es un viaje interior que te enseña a relativizar la importancia de muchas cosas. El viaje me mete en la película de mi vida, en la que voy decidiendo, no siempre con acierto, el ramal del camino que prefiero y en el que puedo acabar perdido hasta volver a encontrarme.

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Monje templario en Cacabelos.
León, primavera 2018

Una vez alguien me preguntó que, además de para desconectar de la gente, para qué viajaba. Yo le respondí que viajaba para todo lo contrario, para conectar con la gente y conmigo, y le aseguré que en un solo día de viaje podía conocer a más gente que en una semana viviendo en una ciudad. Es verdad, la conexión con la gente siempre arroja resultados maravillosos. Las conexiones son tan buenas, precisamente, porque son demasiado breves: aparecen y, cuando desaparecen, lo hacen para siempre.

Verano de 2018.

Junto a una gasolinera, aparcadas en la puerta de la única tienda del más recóndito de los pueblos de la sierra, las tres bicicletas que vi descender algunas curvas por debajo de mi posición descansan ahora apoyadas en una pared. Imaginaba que sus dueños se detendrían aquí para desayunar, porque el siguiente pueblo está a más de treinta kilómetros. Parecen bastante bien equipados, y me acerco a sus raquíticas bicicletas, esqueletos rodantes con los huesos de aluminio hueco que parecen jadear después de tanto esfuerzo. Observo los manillares, su perfil aerodinámico y las ruedas finísimas que comparo con las de la rata.

Aparecen de repente por la puerta los dueños, tres holandeses de mediana edad que me preguntan y sonríen continuamente. Me han visto llegar y quieren hacerse una foto conmigo o, más bien, con mi bici, porque yo no les importo. Me lo preguntan. Sí, sí, lo que queráis… Pulgar arriba. Pero estoy roto, así que, mejor, pulgar hacia abajo hasta que beba algo y me refresque.

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Desayunando en Alcáçovas, Portugal
Primavera 2019
copia en color, 26x35cm

El más alto gesticula mientras comenta algo acerca de mi bicicleta, pero yo no le hago mucho caso. Después me preguntó qué tal a la hora de subir los puertos siempre sentado y que, sin tienda de campaña, cómo lo hacía para dormir por las noches. Yo contesté que sufriendo, pero que si consigo encontrar un buen sitio y a tiempo para pasar la noche, no hay ningún problema, y añadí que con tanto campo, mientras no lloviese, todo iba right.

Necesito una ducha y ellos la tienen casi cada noche. Es la diferencia entre viajar con un presupuesto ajustado o con lo contrario.

Otoño de 2018.

La parejita tiene una taza de café con leche en las manos. Les indico que me echen un ojo a la bici mientras pido yo uno y me reúno con ellos en la terraza. Amablemente dicen que sí, y entro sin quitarme el casco en aquel lugar tan curioso que resulta indescriptible. Antes de salir, me entretengo un rato hablando con el camarero, que me cuenta que llevan allí toda la tarde, tomando el sol.

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Pueblo del Moncayo
Verano, 2017
copia en color, 26x35cm

Por la tarde, el cielo se cubre, hace un bochorno insoportable y yo apuesto por una tormenta descomunal. Miraron ellos hacia arriba y después continuamos charlando sobre la ruta que llevaban. Van en sentido contrario al mio, o sea, hacia el norte. Yo vengo por la costa y me preguntan por el temporal. A ellos, dice la chica, les pilló en plena sierra, y me cuenta que les costó encontrar un lugar donde acampar debido a lo abrupto del terreno. En nítido español, exclamo “Jodido”, y se ríen. Ellos se quedan aquí esta noche, no se ven subiendo el puerto que les espera al salir, y yo me he quedado tan frío que sólo me apetece otro café. Con el tope de gasto diario controlado pido un café que el dueño del lugar dice que ya saca afuera, y me invita a que salga y continúe charlando. Mientras, ellos parece que ya lo han decidido, tienen el campamento medio montado en la terraza, las zapatillas apoyadas en la pared, ropa tendida sobre las bicis, una toalla estirada en el respaldo de una silla y las alforjas abiertas, varios paquetes abiertos… los cascos, las gafas y mil apechusques más extendidos sobre la mesa…

Las marcas de sol de los ciclistas son horribles y nunca desaparecen.

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En un pueblo del Campo de Gómara, Soria
Verano de 2017
copia en color, 20x27cm

Primavera 2019.

Parece un lugar tranquilo. La chica que hace algo parecido al yoga asegura que lo es, así que la decisión está tomada y busco el mejor lugar para acampar con la última luz del día, me alejo para que mi sueño no interfiera en los vuelos de los mosquitos alrededor de las dos farolas que, como un monumento a la soledad, se habían encendido hacía cinco minutos. Montamos los vivacs precavidos acerca de una posible tormenta. Esa noche extendí el toldo cubriendo la bicicleta y a mí. A ellos les gustó la idea y gesticularon una vez más, ésta como si tomasen nota del dato. Esa noche compartimos pasta con queso, galletas, café, un poco de queso que me quedaba envuelto en papel encerado y un par de latas de sardinas. Todo nos supo a gloria. Ellas tenían una botella de vino y yo decliné la invitación con un thank you susurrado y deliberadamente entonado para no dar oportunidad alguna a tener que arrepentirme.

Continuamos un par de horas más contándonos el pasado, maldiciendo el trabajo y algunas otras cosas mientras nos enfundábamos los sacos de dormir. Yo dormí a cambio de que no lloviese, y el cielo cumplió su parte.

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En algún pueblo de Sevilla
Primavera 2018
copia en color, 30x40cm

Principios de verano de 2018

Le conocí mientras buscábamos el albergue de peregrinos, nos presentamos en el siguiente semáforo y hablamos poco más hasta llegar a las afueras, donde estaba éste. Después de registrarnos él tenía que comprar algo de comida y yo una abrazadera para sujetar el sillín de mi bicicleta, que había roto por apretarlo con demasiada fuerza la última vez. Uno de los dos propuso comer en un restaurante chino que había visto al llegar al pueblo. A mí no me gusta la comida de los restaurantes chinos, pero sí la idea y acepté de muy buena gana, así que nos encaminamos hacia allí charlando tranquilamente, él mirándome a mí mientras me explicaba y yo mirando al suelo mientras caminaba.

Comimos, compré la pieza, compró él su comida y volvimos al albergue dispuestos a no hacer nada. El ambiente había mejorado desde el momento del registro, había más gente, casi ninguno oriental, un grupo de ingleses con lata de cerveza y unas inglesas con el mismo talante que ellos. Todos gritaban mucho y un par de veces tuvo que salir la hospitalera a llamarles la atención para que bajasen la voz. Había también una chica preciosa que se paseaba por todo el patio para que la mirasen. No hice ni caso, me senté al lado de Albert, que estaba recostado en el suelo con las piernas apoyadas en la pared y le comenté que un tipo francés me había prometido un porro en cuanto llegase su amigo. Albert se unió al plan y los dos nos sumamos al corro escuchando las tonterías que aquel francés, borracho como una cuba, contaba como una ametralladora en un correcto español. Nos contó que su madre era española y que él estudiaba en España. Después, sin apenas haber callado, continuó sin callar. Una mujer argentina, sentada a mi lado, se parte de risa cada vez que el francés cuenta alguna sobrada, pero se nota que su paciencia se va terminando. A base de indirectas intenta el francés captar la atención de alguna de las presentes, pero parece que a ninguna le interesa alguien que habla tanto y sin pensar. La argentina me mira y comenta que el tío no da puntada sin hilo, y yo asiento, pero ambos sabemos que así no se llega a ningún lado y que en poco tiempo dirá la inconveniencia que romperá el buen rollo del grupo.

Albert, de vez en cuando, me comenta algo y yo asiento; nos pasamos el porro y éste continúa rulando, la argentina pasa, el chico homosexual también y, cuando llega a la mano del francés, todos lo miramos despidiéndonos de la posibilidad de volver a saborearlo.

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La de Albert y la mia en algún lugar entre Logroño y Estella.
Principio de verano de 2018
copia en color, 26x35cm

Frente a mí está sentada una chica con la piel muy clara y enrojecida por el sol, cara angelical y un pelo larguísmo, rubio y acaracolado. Tiene los ojos azules muy claros, la mirada limpia y luminosa y una sonrisa sincera. Es una de esas personas que definiría como un ángel de otro mundo que está de paso, al que todo le interesa y, a la vez, nada le afecta. Educada, amable, servicial, lo tiene todo y una voz preciosa. Es italiana y todavía tardé tiempo en saber de que se llamaba Sabrina, que viajaba sola desde el centro de Italia en una bicicleta del Decathlon cargada hasta los topes de cosas que cuelgan por todos lados. Había cruzado los Alpes sin equipación alguna y se partía de risa mientras recontaba sus cosas, porque se daba cuenta de lo absurdo de tanto peso muerto. Le propuse que se deshiciese de todo, que ya sabía lo que necesitaba y, me aseguró ella que de todo lo que llevaba no necesitaba nada.

Mientras Albert guarda su comida en una de las alforjas delanteras y yo cambio la pieza de mi bicicleta, ella nos observa curiosa, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cara apoyada en las manos, como una niña pequeña que se entretiene mirando las cosas que hacen los adultos. Si parábamos y la mirábamos, inmediatamente sonreía y se encogía de hombros con un gesto que pondría el corazón de cualquiera del revés. Antes de cenar, fue ella quien nos alegró el momento ordenando también su equipaje. Parecía increíble la soltura con la que se expresaba, pero lo hacía en italiano y no entendíamos casi nada; era más increíble aún el equipaje que llevaba: entre mil cosas inútiles llevaba una sartén, una caja de herramientas con herramientas que no sabía para qué servían, una botella de cristal grueso y, en el manillar, un molinillo de colores que, contó, su mejor amiga le había regalado antes de salir de viaje. Creo que fue el único momento de todo el viaje en el que reí con ganas de verdad. Me pareció encantador cuando con un golpecito, puso a rodar las aspas del molinillo.

Era encantadora, pero no como para enamorarme de ella; así que, en cuanto me dí cuenta de que Albert estaba cayendo en la tentación, procuré dejarles su espacio. Cenamos compartiendo lo que los tres teníamos y charlamos un buen rato, yo les ofrecí un té al terminar y me puse a calentar agua. No sé ni cómo pudimos entendernos, porque ella no hablaba español ni inglés, y nosotros no teníamos ni idea de italiano. Pero nos entendimos, algo nos conectó.

Del grupo de la tarde ya no quedaba nada, el francés, demasiado borracho, ya había metido la pata y se iba de copas por el pueblo, la argentina se había ido a dormir hacía tiempo y los demás estaban cada uno por su lado y cada cual más borracho. Desde el suelo, los tres nos miramos como diciendo “se veía venir”, y es que el Camino está lleno de imbéciles que parece que siempre se empeñan en reventar los buenos momentos sumergiéndolos en alcohol.

Así que quedábamos los tres por acostarnos, y eso hicimos. Compartíamos habitación ocupando tres de las seis literas que había e hicimos del lugar nuestro hogar, vamos que nos adueñamos de todo el espacio sin la preocupación de dejar recogidas nuestras cosas para tardar menos tiempo a la mañana siguiente.

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En Lamego, Portugal
Verano, 2019
copia en color, 26x35cm

Invierno de 2011

¿Cuántas estaciones de tren o autobús conozco? No podría recordar, así que no puedo aportar ese dato, pero no importa: muchas. He pasado tantas horas esperando que no podría olvidar, sin embargo, las sensaciones de frío, calor o soledad que he vivido en ellas. Y es que eso del estoicismo es algo que se ejercita a lo largo de los kilómetros, llega un momento que tres horas de espera se convierte en la oportunidad de conocer a una persona o en un momento de trabajo en el que ordenar el archivo de fotos que he tomado esa semana, elegir las que, a primera vista, explican mejor mis pasos y bocetar lo que me sugieren.

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Delicias, Zaragoza
Febrero de 2019

Si hace frío fuera, un rincón de la cafetería es el lugar más tranquilo del mundo; si, por el contrario, el calor vacía de gente las calles, la sombra de una estación te incita a sestear hasta que salir no suponga un peligro.

A la rata le gustan los niños.

Llegué abrasado por el verano extremeño, pero contento por las distancias que desde hacía unos días podía recorrer. Ya no me dolían las piernas ni la espalda, estaba comiendo aceptablemente y los pueblos por los que pasaba iban alimentando mi colección de fotografías. Así que el calor había pasado a un segundo rango de importancia, algo con lo que tenía que convivir una vez más y que no me detendría en mi empeño de terminar ese viaje. Por eso llegué abrasado, por ignorar la maldad que algunas veces irradia el sol.

Como siempre, busqué un lugar en donde volver a llenar la botella de agua, dispuesto a bebérmela de un trago. Como siempre, acudí al bar de la plaza del pueblo, que suele ser el menos cutre. Como siempre, cuando aparqué la bicicleta, antes siquiera de quitarme el casco, me vi rodeado de niños que me observaban curiosos, seguramente intentando resolver su duda acerca de qué era eso tan raro en lo que había llegado montado. Como siempre, alguno de ellos se atrevió a preguntar, y yo le respondí que era una bicicleta. Entonces todos rieron y, desde ese momento, las preguntas se sucedieron una detrás de otra; preguntaban de dónde venía, dónde iba, cuánto tiempo llevaba, cuántos kilómetros había recorrido hoy y cuántos en total. Me hicieron un tercer grado mientras yo abría la botella y volcaba lo que quedaba de agua en el alcorque de un árbol.

Les dije que me esperasen, que cuidasen mi bici y ellos, buenos chicos, dijeron que sí, que allí se quedaban. Yo entré, pedí un café y que me llenasen la botella de agua. Pagué y salí a la terraza, donde los niños continuaban. Buenos chicos. La más pequeña empezó una conversación en la que me contaba que ella también tenía una bici, y que otro de los niños tenía una de montaña en la que ella no podía subirse. Después sonrió enseñándome su dentadura incompleta. El ratón Pérez se había arruinado con aquella criatura, pero resultaba encantadora. Los demás niños, callados, escuchaban y observaban con mucha educación, al contrario que en otras ocasiones, en las que todos hablaban a la vez y, al final, no había forma de mantener una conversación entre tanto grito, risas y desorden. Quisieron hacerse una foto con mi bicicleta y a mí no me pareció mal. La rata prefiere a la gente inteligente y adora la inocencia, así que saldría bien en la fotografía.

Minutos después se escuchamos la llamada de la madre de una de las niñas, y les digo que obedezcan a su madre, que no la hagan enfadar. Todos se despidieron de mí, alguno me dedicó un “buen viaje”, nadie me preguntó cómo me llamaba ni yo supe sus nombres. Corrieron por la plaza y después ya no los volví a ver nunca más.

A veces pienso que la vida en un pueblo está llena de carencias, al menos para mí. He vivido en pueblos y no sólo en vacaciones, siempre por decisión propia, pero si quiero ser sincero, creo que la infancia en un pueblo te obliga a precindir de muchas cosas, alguna insustanciales y otras para mí fundamentales. Aprendes muchas cosas, cierto, pero, en realidad, sólo te servirán si decides no salir nunca de las lindes del pueblo. Quizá es que por ser yo de ciudad, aunque he vivido más años en el pueblo que muchos de los que se largaron de allí y no hacen más que lloriquear su nostalgia por algo que vagamente recuerdan y que idealizan para vender lo que ya no existe o cualquier otra cosa, pero hay cosas que la ciudad me ha ofrecido que ningún pueblo o capital pequeña podrá poner nunca a mi disposición. Es un hecho que he comprobado y, probablemente, de ahí nazca parte de mi interés por cambiar tanto de lugar.

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La tarde anterior al accidente. Alcuéscar, Cáceres
16 de mayo de 2018

A la mañana siguiente, a una hora muy temprana, volvía a verme en el mismo lugar, con otro café en la mano mientras escribía en las redes sociales que a la rata no le hacía ninguna gracia salir a la carretera ese día. Pulsé en “publicar”, me levanté, me ajusté el casco y me senté en el sillín pensativo. Salté a la carretera y, poco más de una hora después, Celestino, un ciclista mayor, me arrollaba mientras yo terminaba de arreglar en el arcén el único pinchazo que tuve en todo el viaje.

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