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No es el dolor lo que más enseña, pero sí de lo que más se aprende.Una vez superado éste, se experimenta un alivio que, seguro, es indescriptible.

Por motivos que no me incumbían esa noche llevaba el nombre de la Tata Chinina, la última cuesteña. Por simple profesionalidad, y porque así lo habíamos acordado, me había dejado caer por el Pueblo un par de días antes del veintitrés con idea de acompañar a aquel hombre en su particular viaje, para vivirlo desde un mismo corazón. Planeamos ser inseparables antes de que él, que sí cree en el rito, pisase el felpudo del mismísimo infierno.

— Todos se queman.— Confesó el tío.

El rito es parte del acervo cultural de esta España cada día más desmemoriada y menos nuestra. Es raíz y, como yo las busco, era obligatorio fundirse con la Tierra para entenderla; con la Tierra y con los hombres, sus hijos, que expresamos de la forma más clara que sabemos nuestros sentires, muchas veces sin esperar respuesta.

Rito profano de vida, limpieza o purificación que nada tiene que ver con religión. Ni vírgenes, ni santos, ni cristos que lo fundasen caben aquí. Tierra, Sol y vida, muchas civilizaciones cuentan —o contaron— con ritos similares, casi todos de fertilidad: fuego que consume los restos de cosechas que alimentan las de la siguiente temporada, ritos para niños que se convierten en hombres, veneración siempre pagana del Astro Rey, ritos iniciáticos de embriaguez y protección que hoy han perdido el sentido en favor de una sociedad hipertecnológica e insensible a la Madre. ¡Ay, España!

Veintitrés de junio, medianoche. La luna sangrando arriba del todo, las gradas del recinto abarrotadas, engalanadas con banderas y reivindicaciones que mezclan —¡válgame!— chiflidos de trompeta con cánticos de estadio, muchedumbre clamando derechos que goteando les roban desde hace más de medio siglo.

Llegado a tierra el primer pasador, con móndida a sus espaldas, saltó del público una cohorte y se abalanzó sobre éste como si ese éste hubiese marcado el tercer gol en cuartos. Se agitaron banderas nacionales, toros bravos pintados en ellas y ánimos alterados por la Caelia. No quise pensar, lo juro, pero “rito” y “reto” tienen significados diferentes para mí.

¡Ay! la Caelia …

Subió la madre a lomos del chico y tiró de él hacia atrás para persuadirle en un esfuerzo protector inútil. Me confesó después que, si por ella hubiese sido, habría tomado su mano para sufrir aquel sacrificio juntos.

Pateó éste el suelo con el ceño fruncido, levantando nubes de polvo, y transpasó el umbral del infierno haciendo saltar sus chispas, aceptando lo que viniese. Un paso, otro más, en el tercero resbaló. Entonces —contaba después— sintió un dolor inmenso que le hizo agarrarse a su madre con más fuerza. Tomó las riendas del momento, bajó la cabeza y, como toro encabronado, pisó con rabia cinco o seis veces hasta que la imagen de mi visor fundió a negro. Yo me alcé para retratar alegría mezclada con dolor como nunca antes había visto, pero sólo aparecieron brazos que abrazaban y besos repartidos a discreción.

En medio de su catarsis, el chico se revolvía hacia sus adentros, tal vez pensando algo muy profundo, muy suyo, y la muchedumbre continuó bramando hasta que tres nuevos toques de trompeta rajaron el aire del recinto: que pase el siguiente.

Cambió el tercio y quedó todo, a partir de ese instante, en las intimidades suyas y de su familia. Y lo mio en las mias. Sonreí, sí, pero no me recuerdo felicitándole.

Espero desde entonces el tiempo necesario para relatar el rastro que haya podido quedar de aquello en ambos. Será, probablemente, cuando esta noche sea parte de un pasado muy lejano listo para desempolvar.

¿Más caelia?

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Publicado en Alcarama

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