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Viajar no consiste en visitar lugares.

Avatares del viaje me empujaron hasta uno de esos pueblos que se dicen “de paso” en el momento justo. Llegué, y allí me quise quedar después de unas cervezas con quienes pasaron por capilla esa tarde.

Me contó aquel personaje la película que grabaron aquí, hacia los setenta, en unas cuevas romanas. Relató con bastante detalle cómo mataban al perro a la luz de una hoguera y de unas mozas suculentas a las que abreviaron al máximo las vestimentas. Yo, mientras tanto, componía un “paisaje con cementerio” y pensaba en esa maldita manía que tenemos los humanos de guardarlo todo.
 

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Timidez e inteligencia mezclan en aquel muchacho. Nos caímos bien y yo creo que por eso me enseñó cómo trabajaban las parcelas. Acomodados en su enorme tractor hablamos de caza, de perdices y otros animales, de cómo se las vio con un jabalí hace tiempo, del abandono y de los ancianos, de fútbol total y de las fiestas del Cristo.

Unas carrilladas rubricaron un día de labor bajo un cielo impoluto.

Por la tarde me mostró lugares que yo no habría enseñado a cualquiera.

En lo alto de aquel monte, alejado de mí, se sentó mirando al horizonte mientras yo filmaba la inmensa planicie aún ocre. Dos corzos pastaban un poco más abajo sin inmutarse, a salvo de nosotros. No había reparado en ellos, pero él, que tiene la atención acostumbrada, los señaló entre las carrascas hasta que yo logré distinguirlos.

Sabiéndose descubiertos dieron tres brincos y desaparecieron.

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Publicado en Alcarama

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