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Ladrido estridente en primer plano, toma uno.

Delante de dos monitores con sendas escenas congeladas. Entre ambos, cinco meses resumidos en pocos centímetros. Uno de los monitores funde a negro, despertándome de mi ensueño con un golpe seco, aterrizándome en una realidad incómoda y bamboleante que tardé segundos en detener. Tuve conciencia —ya no— de la última fracción de aire que aún pasaba por debajo de mis pies y de que tomé tierra antes de que el mundo estuviese del todo asentado.

Después todo volvió a una normalidad apestosa de cuyo ambiente emerge, como un cláxon en la siesta de un domingo, un perro.

Mis perros favoritos son los mudos.

Estuve sobrevolando aquellos centímetros, fijando mi atención en mayorales, fuesas y castillejos, con las alas extendidas e hipersensibles, elásticas, perfundidas y eupneicas. Mi sombra recorrió los caminos en mucho menos tiempo que mis piernas y entonces sentí cansancio y frío.

Quizá por esto tardó tanto en venir la lluvia aquel año y, cuando llegó, era tarde.

Creen que no entendí las consecuencias de todo esto, ya que un madrileño no tiene ni puta idea de nada, pero observando el aspecto raquítico de las espigas secas desperdigadas por el arcén por donde voy caminando, pienso que algo o alguien ha fallado.
 

Imagen

 
La primera, en la frente: coloco la cámara en el trípode, a un metro del suelo, abro el plano y lo voy cerrando mientras enfoco. Entra el muchacho al plano por la derecha ¿Qué hace? No puedo cambiar ahora, joder. No cambio, es un documental.

La cosechadora se va acercando. Él se ha subido sobre la marcha a ésta, ha abierto la puerta de la cabina y ahora se acomoda en ella como en un palco.

El ruido de la máquina trabajando a menos de dos metros es ensordecedor, no sé si atenuarlo. Lo dejo tal como esté. El monstruo gira, pasea su culo por mi cara y escupe sobre mí una lluvia de paja seca y polvo. A partir de ahí, el sonido se funde con la inmensidad plana que rellena este viento día sí y día también.

La imagen de aquel artefacto alejándose despacio, decidido, sin mirar hacia atrás, me seduce. Después me deja tirado en medio de aquella nada esperando a Godot.

La segunda, en el orgullo, porque esta vez no supe trabajar con el viento racheado, que sonaba precioso. Me costó conseguir minutos limpios aunque hiciese de parapeto entre viento y micrófono. No siempre acierto y esta vez el sistema botaba demasiado estropeando mi experimento y, con ello, la posibilidad de tener una escena decente en el archivo. Continúo grabando hasta la frustración.

La tercera, no quiero dar mucho detalle, pero no logré que aquel muchacho hablase a la cámara.

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Publicado en Alcarama

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