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Tesoros de arcén

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma.”

Bertolt Brecht

En defensa del otro medio ambiente.

La defensa del medio ambiente se ha convertido en una ideología, con todas las implicaciones negativas del término, pintada de color verde. No quiero entrar en las apropiaciones ideológicas de algo como la ecología ni busco responsabilizar a nadie de los desatinos en la aplicación de sus políticas. Planteo, en su lugar, la pregunta que escuché un día: ¿Y el otro medio ambiente, el que no es mediático, el que nos resulta tan familiar que no llama nuestra atención, ése que no parece preocupar a nadie y ante el que pasamos de largo a diario, quién lo defiende?

Yo no tengo ninguna intención de cambiar nada, ni siquiera a mí mismo, no soy una niña manipulada y siempre malhumorada, no soy distinto ni me paso el día haciendo pucheros y abroncando a los demás en cumbres mundiales, acusando a todo el mundo delante de las cámaras por haberme robado nada. No, no pretendo decirle a nadie el modo en que debe actuar ni contaminar la atmósfera transladándome en avión o en coche para intoxicar cerebros con utopías tan etéreas como incoherentes. No tengo coche, viajo en bicicleta, en mi casa no hay calefacción y tampoco contribuyo al deterioro de la lógica comprando de manera compulsiva productos que deben recorrer medio mundo hasta llegar a mis manos. Mi moral no debe ser intachable, pero me preocupa el comercio justo porque compro justo lo que necesito, que es casi nada y, si no ocurre nada no comprándolo, no lo hago.

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Yo soy un tipo común que ha cumplido el medio siglo de vida y no pretende ser líder moral ni ser escuchado por personalidades. Tampoco ansío seguidores acomodados en su moral de sofá pulsando pulgares hacia arriba en cada publicación, ni formar un ejército contra nadie ni contra nada; voy solo, como siempre.

He pasado la cuarta parte de mi vida viviendo en la carretera y conozco ese otro medio ambiente, lo respiro cada día en sus arcenes y me hago hueco en él para poder acostarme cada noche. Viajo solo, no recibo ayuda excepto de quienes cree en mi lento paso por cientos de localidades observando, fotografiando, anotando mis pasos en cuadernos y publicando para poco más que entretener espectadores. Rechazo la modernidad que tantos alaban, me aparto de su estúpido yugo y me avergüenzo de sus consecuencias, pero no planteo la pregunta de qué mundo dejaremos a vuestros hijos; más bien es al contrario, ¿qué clase de hijos dejaréis vosotros a este mundo?

Como no pretendo poder con mi enemigo, me toca hacerme su amigo y, para ello, me propongo cambiar mi modo de mirar y convertir la porquería en asunto estético, fotografiarlo como lo veo, construir un discurso seleccionando y ordenando las palabras encontradas mientras pedaleo. No hay engaño en mi trabajo y sí la propuesta de dotar de un aura cálida a unas evidencias que señalan por igual a todos aquellos que contribuyen a la aniquilación de flores que deberían crecer en los márgenes de las carreteras, que son mi hábitat, o sea, mi medio ambiente.

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iluque38

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