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22.07.2017

Una vez más, mientras hablamos, Dean va animándose y no deja de vacilarme diciéndome que estoy loco.

“Viejo y loco” dice el muy cabrón, pero es evidente que él está peor, eso lo sé yo. Me pregunta mil y una veces cuánto tiempo estaremos fuera.

—Yo qué sé, tío. ¿Qué más da?

Me revienta las pelotas cuando se pone así de insoportable, pero le necesito porque me pone el ánimo por las nubes. Creo que por eso le quiero. De otro modo le querría matar, aunque no sabría cómo.

Entre canutos se nos ha echado la noche encima, y yo me curro una tortilla de patatas que te cagas para ver si así se calla de una vez.

—No tengo dinero, ni comida…
—…ni cojones. Si tú casi no comes.
—… ni ropa.

Le digo que vaya vestido así, que no se moleste siquiera en pasar por casa, que hoy dormiremos en la mia para poder ponernos en marcha antes. Entonces me abraza con todas sus fuerzas, casi hasta romperme el alma, me zarandea, se aleja un metro de mí y me mira de arriba a abajo y de abajo a arriba.

—¡Joder, tío, otra vez juntos! ¡Otra vez la puta carretera!

Remata con pasión, subrayando cada sílaba bajando de golpe la voz.

Yo sonrío con un guiño, porque una vez más voy a mandar a la mierda el mundo y todas sus responsabilidades, porque este tío consigue que yo sea yo en todas mis dualidades, porque hace que mis sodios y mis potasios burbujeen y que mis ojos no quieran cerrarse nunca. Entonces miro al cielo, a ese cielo negro que durante casi nueve años fue mi techo, y doy las buenas noches a cada estrella que se cuela por mi ventana y al olor de las flores de las acacias.

Los sonidos de la noche se escuchan tan lejos que creo que otra vez estoy flotando en la espiral infinita que lleva hasta el mismísimo regazo del universo.

Él, la carretera y yo, mi ménage à trois favorito.

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Publicado en Notas

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