Saltar al contenido →

Carta abierta

Artículo publicado en el número 8 de la revista de la Asociación de Amigos de Sarnago, Soria, en junio de 2015.

Imagen

Escribo esta nota tumbado en un sofá, el único objeto que hay en esta casa. Estoy acostado y no por comodidad, sino porque, según los médicos, estoy en un punto y aparte. Inicio, digo yo, un capítulo nuevo del que ya he esbozado unas primeras estructuras. Cierro una puerta y abro otra. Me despedí de quien estuvo en el momento de partir y también expliqué, a quienes se interesaron por los porqués, casi todo. Sólo queda por decir lo que he callado y sólo a mí me importa.

Esa última mañana, antes de trasladar mi vida a otro lugar, estuve recorriendo algunos de los rincones que un día fueron importantes para mí. Los viví sin querer derrochar sentimiento en exceso, como un nómada que soy, llegar – ver -continuar, siempre de paso. Abandono definitivamente esta tierra con un nudo en la garganta, es lo que mi naturaleza me pide desde hace mucho tiempo y yo obedezco sólo a mi instinto.

No me he tranquilizado hasta dar la espalda al Moncayo, referencia y frontera para mí, y a su histórica magia, que también quise conocer un día. Por delante se extendía todo lo de la vida que me quedaba por explorar, nuevos tiempos y una avalancha de ideas que ocuparán cuántos años de mi próxima vida.

Según pasaron los kilómetros me aseguré de que mi proyecto en esta tierra había terminado y de que no tenía sentido permanecer más tiempo allí. Lo que un día me dijo “quédate”, ahora me gritaba “debes irte”, y las curvas, que fueron interrogaciones un día, desvelaron una decepción que sólo se explica desde la oblicuidad de ciertas miserias que me roban el sueño. Las casas dejaron de ser hogares, si durante mucho tiempo significaron mil momentos, ahora me parecían extrañas, lejanas y ajenas. Ése era el paisaje que necesitaba para arrancar, de una vez, una nueva andadura.

Cien kilómetros más allá, la murria dio paso a una inexplicable inquietud por el porvenir más que incierto que me aguarda. Eso pone todos mis engranajes en marcha y, desde entonces, me urge archivar un pasado ya resuelto. ¿Qué he aprendido de todo esto y en qué ha mejorado mi existencia?

Sigo sintiéndome nómada.

Mientras repostábamos, una última mirada atrás, por el retrovisor de la furgoneta y en el calendario. Uno, dos, tres, cuatro años deambulando por este lugar, sin duda, han mejorado mi existencia, pero no es lo que busco. Lo que necesito no está en ningún lugar, sólo en mi cabeza, por eso persigo la vida en otro lado, porque yo necesito vivir haciendo lo que quiero, no sobrevivir haciendo lo que sea.

Estaba precioso el campo ese 9 de mayo, y me ensoñé paseándolo, respirándolo rodeado de aliagas amarillas y cereal matizado con esa luz cálida de primera hora de la mañana que perfila con línea precisa cada contorno de un paisaje. Ésa era la Soria que me había seducido casi cinco años atrás, la que elegí aquella madrugada en lugar de regresar a casa. Ahora despertaba para decirme adiós, para recordarme que todo ha terminado. La imagen de ese recuerdo me la quedo para mí.

“El caminante se ha ido” concluía José María Martínez Laseca en un poema que cuelga sobre un dintel en las escuelas del queridísimo e inspirador Sarnago. Me estremeció cuando lo leí por primera vez a la luz de mi linterna, y recorrí lentamente cada uno de los versos, como de puntillas, pronunciando cada palabra en voz baja hasta llegar a ese final tan rotundo como desamparado: el caminante había decidido irse y todo quedaba ahí, como siempre. La verdad es que nunca quiso quedarse y, aunque el autor no lo cuenta, el caminante reconoce aprecio por el tiempo allí vivido, pero necesita dejar que el polvo del tiempo devore alguno de sus recuerdos para que aquel lugar no deje nunca de ser su octavo cielo.

Ahí te quedas, Soria, con tus Tierras Altas y tu planicie, con tu dignidad y con parte de mi alma. A ti he dedicado un sentimiento tan profundo que aún tengo que comprenderlo; por ti me he quedado huero, arruinado y solo, pero no me importa, un día sabré si ha merecido la pena. Ahí quedan mis amigos y mil conversaciones inacabadas que cuelgan, como dice el narrador de la película, de los árboles. Las continuaré lejos de aquí, en otra tierra de pastores y caminantes o de mineros, o de pescadores … ni lo sé, ni lo imagino.

Ahí quedan mi cariño y algunas incomprensiones, la amistad, los recelos y algo que he aprendido aunque ya lo llevaba en mis mandamientos de nómada: “no hagas lazos”. Lo llevaba como principio inviolable, lo olvidé y por eso tengo un nudo en la garganta. Soy yo el único culpable.

© nacholuque, 2015. Todos los derechos reservados

Anterior
Siguiente

Publicado en Notas

Los comentarios están cerrados.

Scroll Up