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Hacia el sur

Poca novedad aparte de sus pasos explorando lugares de raíz iberocelta e historia escrita en ires y venires del tajo sudando la gota gorda. Camina el caminante entre paredes blancas, humildes y bien cuidadas de calles cuyos días, uno tras otro, son siempre iguales. Hoy, un sol oblicuo iluminaba los balcones rectilíneos de la plaza, que rotularon con trazos nítidos sus sombras en la pared.

Él camina hacia el oeste, hacia el arboreto del horizonte que se ve a la izquierda de la autovía, y llega —por fin— al luminoso de La Shell mientras los tractores se alejan con sus remolques hacia la hilera de luces titilantes que se engarzan en el horizonte contra un cielo de impecable cobalto. Cambió de lado de autovía atravesándola por encima y tiró en el arcén su equipaje. Ahora corre surcos arriba hasta la línea de juncos que, contra el intenso del cielo, boceta en un sencillo dibujo a tinta.

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Después de cenar una lata de albóndigas pasea por los alrededores del campamento. El agua para el té que sorberá dentro del saco está ya lista.

La niebla entra sin que se note, pero la lápida cobra un protagonismo tenebroso en el dormitorio que ha montado a sólo cien metros de la autovía.

Pasada la media noche un coche llega por la pista de servicio. El caminante puede ver el resplandor de los faros y sentir cómo se detiene a pocos metros de él. Dos portazos y sólo el murmullo del tráfico, se aprieta contra la pared del depósito a cuyos pies estaba durmiendo hasta ver el haz de una linterna trepar por la estructura metálica. Pensó entonces que iban a adornarla.

Sale del saco, se calza las botas y, encendiendo su linterna, saluda procurando no asustar al encaramado y provocar un accidente. Una mujer da instrucciones desde abajo, y enseguida están todos charlando. La pareja, de Madrid, se dedica a buscar objetos que otros han escondido en cualquier lugar del mapa de España y, éstos, a su vez, esconden otros y después lo publican en algún foto privado de Internet.

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Foto de grupo antes de despedirse, desearse buena suerte y buenas noches.

El coche desaparece por su tablero de juego y él vuelve sorprendido al calor del saco.

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Lápida en la autovía
Tembleque, Madrid. A4 km 104

Amanece húmedo tras el telón de niebla. El caminante lleva un rato escuchando los coches de la autovía como fantasmas vagabundos. Todo está empapado por el rocío: la mochila, las botas, la hierba, las piedras y la funda del saco de dormir también, pero dentro se está tan caliente y seco que le cuesta salir. Remolonea unos minutos, se despereza y finalmente saluda al nuevo día.

Café caliente en mano y cámara en la otra, deambula regodeándose en los detalles del paisaje, en las gotas de agua que cuelgan de todos los objetos, en las siluetas envueltas en niebla, en el color de la tierra, en el del asfalto descarnado y en el negro de la hierba quemada por las heladas. La sombra le observa difuminado en la niebla, recorriendo olivares. Más fotografías, un agricultor, etc.

Le oí responder en dos ocasiones que quería llegar a Madridejos.

Hacia la hora de comer, un sol cegador había dado cuenta de la niebla y una acequia le obligaba a dar un rodeo por el arcén de la autovía. Lo recorrió a paso tan ligero como pudo, con todos los camiones del mundo pasando a su lado, haciendo sonar sus bocinas y lanzándole puñetazos de aire. El mal trago duró menos de un minuto.

A media tarde descansa sentado al sol en una plaza de Madridejos y prepara un bocadillo de queso que ha comprado en una tienda del pueblo. Al lado está de su mochila, reordenando en la pantalla de su cámara lo vivido, haciendo cuentas y viviendo ya el viaje y su próximo paso.

Olvida así sus responsabilidades para abandonarse y disfrutar del bocadillo recién preparado al sol templado de enero.

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Publicado en De Toro a Toro

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