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Página 12

Pretendiendo su aprobación, propongo pulsar el botón de grabación contra los grupos de grupas pomposas durante el tiempo que dure lo que el hombre me está contando. Asiente con gran sonrisa sin dudarlo. Entonces voy yo cortando cada dos o tres minutos o según van deshilvanándose los momentos.

Hablamos de lo divino y de los humanos, de Mercedes y de su trabajo maravilloso, de nuestra vida e, inevitablemente, de la Internet que mi recién conocido emplea cada noche para recorrer miles de kilómetros y poder estar cerca de su gente, mientras vecinos y ganado están roncando. Entonces se viste para salir, se abrocha su chaquetón nuevo, me pregunta qué me parece y se calza sus zapatos más relucientes para cruzar el pueblo y tener una charla a través de un chat. Escriben en un lenguaje críptico y él cuenta que vine para hacerle protagonista en una película.

Aquel viento gélido que se había levantado al anochecer se ha adueñado ya de todas las calles del pueblo, desde el interior del telecentro se le escucha silbar con ritmo más frenético que el de las teclas. Ha sido un día emocionante, me acuesto satisfecho y le dejo contando historias.

Esa noche cayó una helada del demonio pero, dentro de mi saco, ni me enteré.

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Publicado en Alcarama

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