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Página 11

En memoria de Dora, que murió después de su primer parto.

 
Por sorpresa, mientras fumaba sentado en un poyo al sol, apareció un rebaño de ovejas por las piezas de arriba. Supuse que serían las que había visto llegar la tarde anterior acompañadas del escándalo de cientos de pezuñas rebotando en las paredes. Sus lomos eran del naranja de la luz de las farolas, y trotaban ciegas por la calle, como vagones de tren. Yo estaba escondido en la penumbra.

Llevaba meses buscándolas, por eso me acosté impaciente y por eso me costó conciliar el sueño. Por la misma razón, o porque el frío se coló en mi saco, antes de las seis estaba en pie con un café de mentira entre las manos. Un par de horas estuve esperando al amanecer para recortar las siluetas de los tejados contra el pálido del cielo.

Casi nada llevaba hasta entonces en el zurrón: alguna toma medio interesante, una panorámica desde la ermita de la que no sirve el sonido y un par de conversaciones sobre la última noche.

Una mastina me guió hasta el pastor con paso tranquilo.

Llegamos, ella se acuesta y se duerme al sol del invierno.

¿Cómo te llamas?
—¿Fumas?

Sólo me deja un rato. Solo, pendiente de que las setecientas y pico cabezas que se desparraman por las hectáreas no dirijan su singular atención hacia los campos de trigo de allá. Un perrillo negro y voluntarioso las reúne cada poco tiempo y ellas se apelotonan de nuevo sin levantar la cabeza del suelo.

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Publicado en Alcarama

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