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Notas para un diario (5)

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Atrás había dejado el hormiguero, la costa hiperurbanizada, los parajes más especulados del país y los desayunos corrientes a cinco pavos porque allí “se vive del turismo”, la excusa más estúpida para sangrar la cartera de extranjeros incautos y también la de nacionales a los que no nos ha quedado más remedio que caer en alguno de esos lugares, como yo. Me había costado mucho encontrar nido durante varios días, pero lo solucioné con un desparpajo alucinante, sin cortarme un pelo y arriesgando, a veces, demasiado.

Pero todo eso era ya camino quemado, ahora estaba en el Reino del Viento, las playas blancas con agua de color turquesa y la oportunidad de acampar libremente entre gente que buscaba no pagar por dormir en el suelo.

Y así lo hice nada más pasar Tarifa, el pueblo del que sólo recordaba el alto a través del cual se accede, el del Cabrito, y que yo nombro en su grado aumentativo porque en su día se me hizo demasiado cuesta arriba. Al final lo tragué, esta vez en el otro sentido y en bicicleta.

Coincidí en la explanada con un matrimonio de polacos muy educados. De él no supe el nombre y ella, Eva, me dijo que era forense. Desde el principio hubo una cierta complicidad y la confianza suficiente como para que ella me contara su vida. Considerando que era su momento, yo no les conté la mia.

Parecía como si quisieran saborear con toda su intensidad el tiempo que les pudiese quedar, y no se lo cuestiono porque pensé —y pienso— que habían elegido la puerta correcta. Parecía que ellos también lo sabían. Así que simplemente asentí con una sonrisa cuando me repetía “no hostels, no restaurantes, sólo naturaleza y un pequeño tienda, nada más”. En el fondo pensábamos lo mismo: improvisación, minimalismo, intensidad; la base del viaje.

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La primera noche, justo antes de ser devorado por los mosquitos, fumamos un cigarro juntos antes de cenar. Mientras yo preparaba el campamento ellos cenaron. Al fin me acosté, y el viento se puso de mi lado llevándose a todos los mosquitos para que yo pudiese dormir tranquilo. Cuando amaneció, ellos iban a dar un paseo, quizá por el Parque Natural. No importaba ni me supieron decir. Yo tenía que acercarme al pueblo para hinchar la rueda después de haber arreglado el pinchazo de la tarde anterior y, con un viento de cara fortísimo, necesité media mañana para alcanzarlo. Me entretuve un rato a la sombra en un chiringuito vacío que encontré en la carretera, charlando con el dueño y asustado con la fuerza de las rachas de viento que incluso impidió que los muchos practicantes de kitesurf que llenaban las playas pudieran practicar ese deporte que siempre me pareció absurdo.

Al volver, a media tarde, los polacos ya no estaban. Pensé que quizá volverían más tarde, como me habían dicho; pero anocheció y no habían aparecido aún. No supe si preocuparme, y decidí no hacerlo. Quizá llegarían por la noche, o nunca, pero, en realidad, ¿qué me importaba a mí?

A la mañana siguiente desperté junto al hueco intacto de su último campamento. Antes de las 9 de la mañana ya estaba dispuesto para salir a la carretera de nuevo. El viento estaba dando una tregua y quise aprovecharlo. Justo antes de salir me pregunté cómo podían vivir en este lugar con ese viento. Yo no conseguiría acostumbrarme nunca, acabaría loco. Me despedí del lugar y de Oli, el alemán que había conocido el día anterior y que llevaba viviendo allí doce años en su caravana. Continué carretera alante sin darle mucha importancia a nada, subiendo, bajando, visitando playas hasta el mismísimo Cabo de Trafalgar, donde dormí en algún lugar que ya ni recuerdo.

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Publicado en diario iberica 2019

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